Cuando las cataratas cayeron dentro de mi

La primera vez que oí hablar de cataratas fue en el colegio Instituto Nacional Simón Araujo de Sincelejo. Cursaba segundo de bachillerato y, en la clase de Geografía Universal vimos las cataratas del Niágara. Era el año 1967 y el profesor Rafael Cantillo nos explicaba que el río Niágara, ubicado en Canadá, marca la frontera acuática con los Estados Unidos, comunicando el lago Erie con el lago Ontario. Justo en esa línea limítrofe se encuentran las cataratas del Niágara, con una altura de 51 metros y un ancho de poco más de un kilómetro, creando una majestuosa belleza natural y un poder de la naturaleza con aprovechamiento hidroeléctrico.

Un tiempo después, cuando viajaba desde Sincelejo (Sucre) a Barranquilla (Atlántico) a pasar vacaciones donde mis abuelos maternos, mis tíos escuchaban en un radio transistor la emisora Radio Libertad, en la frecuencia 600 AM. Allí, el locutor Marcos Pérez Caicedo cautivaba a la audiencia, cubriendo como una manta de sintonía toda la Costa Atlántica. Dirigía y animaba un programa noticioso lleno de dichos populares —muchos de su propia cosecha— y, cuando una noticia describía una situación difícil, decía: “Está pasando las cataratas del Niágara en bicicleta”.

Años más tarde, en 1998 el dominicano Juan Luis Guerra 4.40 grabó la canción “El Niágara en Bicicleta”. Hasta hace poco ese era el único tipo de cataratas que conocía: una caída de agua, un salto o cascada gigante ocasionada por un fuerte desnivel del cauce de un río, donde el agua cae verticalmente por efecto de la gravedad.

Esa noción se me confundió el día que el médico oftalmólogo me dijo durante una consulta de rutina:

  • Tienes cataratas en el ojo izquierdo y hay que operarte.

Si las caídas de agua se consideran uno de los fenómenos más bellos de la naturaleza, ¿por qué una catarata en el ojo me lo opaca como un velo blanco o cortina y me causa visión borrosa o nublada? ¿Qué tienen que ver las cataratas del Niágara con las cataratas de mi ojo izquierdo? —me preguntaba. ¿Será que esa opacidad, metafóricamente, es como si una cortina de agua cayera sobre el ojo y empañara la vista? ¿Será un caso de homonimia: ¿palabras que significan cosas diferentes, pero tienen la misma forma?

El examen de rutina de optometría y oftalmología en abril de 2024 estuvo sin novedad hasta el punto de que ni la fórmula de las gafas me las cambiaron.

Mientras me preparaba para asistir al encuentro anual con mis amigos del Gun Club durante las festividades del 20 de enero 2025 en Sincelejo, noté que el ojo izquierdo lo tenía totalmente empañado, como si se mirara a través de un vidrio empañado. Comencé a tener dificultad para ver de noche. Los colores me parecían desteñidos. Sin embargo, padecí esa ceguera en silencio, con la esperanza de que se me pasara.

En la cita médica de control, en febrero 2025, donde evaluaban mis exámenes de laboratorio por la diabetes, le comenté al doctor que había notado una disminución en la visión del ojo izquierdo: todo se veía borroso, como si una neblina se interpusiera entre el mundo y yo. Me ordenó entonces una nueva cita con optometría y oftalmología.

Había perdido la percepción de profundidad. Lo confirmé una noche en el estadio Metropolitano de Barranquilla cuando al salir y bajar las escalinatas, descubrí que ya no podía calcular bien la distancia ni la profundidad de los peldaños. Era como si el suelo se moviera bajo mis pies.

En la cita con el optómetra, apenas me revisó, notó que mi ojo izquierdo estaba “chueco”. Suspendió el examen de inmediato y me remitió al oftalmólogo. Un mes después, el 3 de junio 2025, ya frente al especialista, me aplicaron unas gotas mágicas para dilatar las pupilas. Cuando se acercó con sus instrumentos y observó, dijo con cierto alborozo – que en ese momento no entendí del todo, por el susto que llevaba-:

  • Las cataratas se miden de 0 a 6, y la tuya, en el ojo izquierdo, está en 6. Es la máxima. Tienes que operarte.

Fue entonces cuando se me confundieron las cataratas del Niágara con las cataratas de mi propio ojo izquierdo.

El resultado del examen tenía un lenguaje que parecía de otro planeta: Cristalino OI: NO5.8 y NC5.8. No era un 6, como me habían dicho, pero ya estaba “madura” para operar. Luego supe que esas siglas medían el grado de opacidad del cristalino, y que por eso mi ojo izquierdo estaba medio nublado. Aun así, no sentía molestias ni impedimentos aparentes para conducir o trabajar en el computador.

Las posibles causas -me explicaron- podían ser tanto la diabetes tipo 2 como la hipertensión que padezco, o simplemente el paso natural del tiempo, que  a mis 71 años comienza también a nublar las cosas, poco a poco.

Cuando le pedí explicación al doctor, me aclaró que las cataratas son una opacidad del cristalino, el lente natural que ayuda a enfocar la luz en la retina. Con este problema de las cataratas, la luz no llega correctamente, y eso produce una visión borrosa o distorsionada. Entonces con la cirugía, el cristalino opaco se extrae y se reemplaza con un lente intraocular artificial.

El doctor enseguida elaboró las órdenes de exámenes de laboratorio:

  • Hemoleucograma, plaquetas.
  • Electrocardiograma.
  • Tiempo protombina
  • T.P.T. (Tiempo Parcial de Tromboplastina, prueba de sangre que mide el tiempo que tarda la sangre en formar un coágulo).
  • Biometría Ocular
  • Recuento de Células Endoteliales
  • Glicemia.
  • Valoración preanestésica.

El 4 de julio 2025 fui al especialista en anestesiología y le entregué los resultados de los exámenes de laboratorio y el electrocardiograma para su revisión. A las ocho de la mañana me autorizó la cirugía. Desde ese momento empecé, como suelo decir, a “pasar las cataratas del Niágara en bicicleta”. Me obsesioné con la idea de mi primer procedimiento quirúrgico a los setenta y un años.

Entonces se me vino a la mente el recuerdo del doctor Juan Glen Posada, aquel especialista en los órganos de los sentidos en Sincelejo. En una ocasión, el doctor Glen Posada operó a un campesino de cataratas. Tras la cirugía, le cubrió el ojo con una venda que daba la vuelta completa a la cabeza. Pasados unos días, llegó la cita de control. El médico, entusiasmado, le anunció al paciente que presenciaría el milagro de volver a ver. Con cuidado, fue desenrollando la venda vuelta tras vuelta, hasta dejarle el ojo al descubierto. Luego lo puso frente al tablero de letras y le preguntó:

  • Dime, ¿qué ves?
  • Docto yo lo que veo es una oscurana – respondió el campesino con humildad

El doctor, a fuerza de tantas operaciones, terminó volviéndose famoso en el pueblo, aunque no precisamente por los milagros. De él se hicieron chistes que corrían de boca en boca:

Ojos que no ven, operados por Glen.

Ojos que no verán, operados por Juan.

Ojos que son una cagada, operados por Glen Posada.

A pesar de mi preocupación, no perdí el sentido del humor, que a veces, es la única venda que uno se pone para no ver el miedo. También pensaba en las cosas más bonitas que me habían sucedido en la vida ya que las sentía al otro lado del miedo. Y, mientras tanto, avanzaba en mis propios exámenes: sangre, corazón, anestesia. Cada uno era una prueba más del miedo. Todo me sonaba a despedida. Todo me atormentaba tanto que decidí escribir un documento titulado “Si me muero”: una especie de inventario de mis cosas, junto con el Documento de Voluntades Anticipadas (DVA). Lo hice por si acaso este procedimiento desembocaba en algo más grave y médicamente se agotaban las opciones terapéuticas o curativas. Era mi manera de asegurarme una muerte digna, o al menos de dejar las cosas en orden.

Recordaba que Jean-Paul Sartre decía que para qué preocuparnos por la muerte si cuando ella llega ya no existimos o mientras existamos no es nada porque no ha llegado. Leí su libro “Las Palabras” al final de la década del 60 del siglo pasado y el cual se centra en su infancia y los orígenes de sus pasiones por la lectura y la escritura. Consideraba que las palabras tienen un poder transformador. Recordaba que decía que  “La muerte es la continuación de mi vida sin mí”, pero a su vez, nuestros proyectos vitales están amenazados por el absurdo de la muerte, todo en un sentido puramente existencial. A esta edad me consolaba recordando momentos dichosos pretéritos para no tener miedo, aunque a la final me decía, que más bien la muerte era más dolorosa para las personas amadas que continúan el andar terrenal.

Recordé como un presagio apartes de la letra de la canción “El Niágara en Bicicleta” de Juan Luis Guerra 4.40:

Me dio una sirimba un domingo en la mañana, cuando menos lo pensaba

Caí redondo, como una guanábana, sobre la alcantarilla

¿Será la presión o me ha subido la bilirrubina?

Y me entró una calentura y me fui poniendo blanco, como bola ‘e naftalina

Me llevaron a un hospital de gente, supuestamente

En la emergencia, el recepcionista escuchaba la lotería (¡treinta mil pesos!)

“Alguien se apiade de mí”, grité, perdiendo el sentido

Y una enfermera se acercó a mi oreja y me dijo

“Tranquilo, Bobby, tranquilo”

Me acarició con sus manos de Bengay y me dijo: “¿qué le pasa, atleta?”

Y le conté con lujo de detalles lo que me había sucedido

Hay que chequearte la presión, pero la sala está ocupada

Y, mi querido, en este hospital no hay luz para un electrocardiograma

Abrí los ojos como luna llena y me agarré la cabeza, je

Porque es muy duro pasar el Niágara en bicicleta

No me digan que los médicos se fueron (oh-oh-oh)

No me digan que no tienen anestesia (oh-oh-oh)

No me digan que el alcohol se lo bebieron (oh-oh-oh)

Y que el hilo de coser fue bordado en un mantel

No me digan que las pinzas se perdieron (oh-oh-oh)

Que el estetoscopio está de fiesta (oh-oh-oh)

Que los rayos X se fundieron (oh-oh-oh)

Y que el suero ya se usó para endulzar el café

Este miedo se me pasó un poco cuando hablé con familiares y amigos operados de cataratas y todos me aseguraban que la cirugía es segura y efectiva, y demora 5 minutos, y después de la operación se recupera una visión clara. Me llamó la atención la experiencia de mi pariente Adalgisa Dajud quien vive en Sincelejo y se hizo la operación del ojo derecho en Barranquilla y a la semana regresó a su casa y volvió a los 10 días y se operó el otro ojo, sin ningún inconveniente. Y mi compañero bachiller, Alberto Geney quien vive en Sampués (Sucre), se operó de la misma forma que Adalgisa, pero en San Marcos (Sucre) a 80 kilómetros y regresando a Sampués el mismo día de la operación. Pensé que yo era el único que se iba a operar de cataratas en el ojo y resulta que una gran cantidad de familiares y amigos se habían operado exitosamente, lo cual me tranquilizó un poco.

Sin embargo, no dejaba de inquietarme y llegué a comunicarme con el médico oftalmólogo Luis Escaf Jaraba, sincelejano, presidente y director científico de la Clínica Oftalmológica del Caribe. Tenía su número telefónico desde cuando éramos miembros del Club Rotario Barranquilla. Vía WhatsApp le manifesté:

  • Deseo que usted sea quien me opere de la catarata del ojo izquierdo.
  • Con gusto hno – me respondió enseguida.

Me dijo que coordinara una cita con Angelina y cuando me comuniqué y le informé que iba hacer todos los trámites a través de EPS SURA PAC me respondió que el doctor Escaf no atendía EPS; le informé esto al doctor y me contestó:

  • Yo no atiendo EPS.  Voy a hacer una excepción contigo.

Al final, teniendo en cuenta que el doctor Escaf es muy ocupado consideré que era difícil cuadrar la operación con él y me dio pena y desistí de la idea. Entonces recordé que la hija de mi amiga chatica Marina Sanmiguel (QEPD) es una destacada oftalmóloga que trabaja en la clínica del doctor Escaf. Contacté por WhatsApp a la oftalmóloga Marinita Melo el sábado 21 de junio 2025 y el martes 24 hablé con ella y me respondió lo mismo:

  • Yo no atiendo EPS.  Voy a hacer una excepción contigo y lo hago con mucho gusto.

Aquí tuve más confianza no solo por ser la hija de mi amiga si no por sus capacidades y experiencia como oftalmóloga. El estrés disminuyó.

En la ventanilla de programación de cirugía coordiné con Elías Loncarno para que la cirugía se programara para el lunes 14 de julio 2025 a las 9 am. No la programé más temprano porque el anestesiólogo me había advertido a manera de amenaza que por ser diabético me medirían los niveles de azúcar antes de la operación y yo manejo un fenómeno denominado Somogyi consistente en que los niveles de azúcar a las 2 am están normales y temprano en ayunas me salen altos, así como se me subió el nivel de estrés con la confirmación de la cirugía.

Midiéndome los niveles de azúcar antes de salir de la casa

A las ocho y veinte de la mañana del lunes 14 de julio estaba en la Clínica Oftalmológica.

En sala de espera

Después de una larga espera fui llamado para el registro como paciente y sobrepasé la etapa de la medición de los niveles del azúcar y la presión arterial, luego fui llamado a la antesala de la cirugía.

Ya con la bata estéril puesta me aplicaron la anestesia en los parpados del ojo izquierdo. Estimo que tipo once de la mañana fui pasado al quirófano. La doctora Melo tuvo su dificultad en el procedimiento porque no fueron cinco ni diez minutos de duración si no como treinta y sentí un fuerte dolor, como si se me hubiera pasado el efecto de la anestesia.

Salida de la operación
Salida de la clínica, me recogió mi hijo José Carlos
En recuperación en casa

Al amanecer del día siguiente todo fue todo un espectáculo. Ver por ese ojo izquierdo la claridad y los colores relucientes fue una maravilla. La pantaloneta oscura ya la vi azul brillante. La emoción fue tan grande que hasta las arrugas de Mabel pude distinguir.

Toda esta alegría demoró hasta el sábado cuando después de bañarme quedé ciego del ojo izquierdo recién operado. Fui a una cita médica de emergencia esa misma mañana, y me dijeron que la pérdida de la visión se debía a la aparición de unos coágulos. La doctora Melo fue informada de mi situación y me citó en la Clínica a las dos y treinta de la tarde para practicar un procedimiento de lavado de cámara anterior para quitar los coágulos de sangre que me obstruían la visión. Llegué a pensar “Para lo que hay que ver, con un solo ojo basta”.

El amanecer del domingo no fue tan alegre pues la visión solo se había recuperado un poco, pero en las citas de control a las nueve de la mañana y el miércoles a las diez y veinticuatro de la mañana, ya la bolsa de aire o burbuja había desaparecido prácticamente, al igual que, solo quedaba un trombo pequeño por disiparse.

Protección con “gafas de sol”

Al recuperar la visión en el ojo izquierdo, me permitió percibir la profundidad y la distancia de los objetos y me llamó la atención que no necesitaba gafas siendo que el ojo derecho las necesitaba. En las citas de control, el médico me explicó que eso era gracias a la disparidad binocular. Cada ojo ve el mundo desde un ángulo ligeramente diferente, y el cerebro fusiona estas imágenes prevaleciendo la mejor señal del ojo operado creando una percepción tridimensional.

En todo este episodio de mi vida fui acompañado por Mabel, y la pronta mejoría fue bajo el cuidado de ella, mujer perfecta que cuando Dios la creó tuvo que ponerle unos defectillos por la envidia que la virgen María sintió.

Al final, después de la cirugía, cuando se me desinflamó el ojo izquierdo, sentí algo parecido a lo que imaginé aquel día en el colegio al ver las cataratas del Niágara: una caída de luz. No de agua, sino de claridad. La visión regresó como un torrente transparente que borró la niebla que me cubría por dentro. Comprendí entonces que, al igual que el río se despeña para seguir su curso, también el ojo necesita soltar su opacidad para dejar pasar la luz. Mis cataratas no eran las del Niágara, pero ambas, la natural y la ocular, me enseñaron lo mismo: que detrás de toda caída, hay un renacer de claridad. La luz volvió a fluir después de la operación.

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