Cuadro de corraleja

Cuando doña Gloria Acosta de Calderón, mi querida suegra, me hizo la encerrona de que ya ese noviazgo con Mabel Surella estaba muy largo y se puso pesada con los permisos para salir, yo entendí el mensaje de que lo que quería era forzar al matrimonio de su hija.

Yo comencé a poner condiciones.

Me había venido a trabajar a Barranquilla a principios del año 1.979, con la tesis de grado a mitad de camino, entonces dije que sin graduarme como ingeniero de sistemas no me casaba. Por supuesto que hasta el doctor Joaquín Calderón Oñate, mi suegro, terminó en una máquina transcribiendo parte de mi tesis.

Después dije, entre otras cosas, que yo quería casarme ya teniendo vivienda propia. Como los suegros se las tiraron de locos y no dijeron ni mu ante mi insinuación entonces, Mabel y yo comenzamos a buscar apartamento y encontramos uno en un proyecto en construcción que se ajustaba al presupuesto y dimos la cuota inicial. Quedaba en la carrera 62 entre calles 76 y 77. Cuando fuimos a firmar el documento de compraventa nos cambiaron el precio del apartamento, cosa que me molestó y deshice el negocio y me devolvieron mi plata con intereses incluidos.

Seguimos buscando y encontramos el apartamento del edificio Marbella, pero más caro. La cuota inicial era de $1.100.000 y yo tenía solo $850.000. Pero como no me casaba sin vivienda propia, entonces el doctor Joaquín Calderón Oñate viajó a Plato (Magdalena) y vendió un lote de ganado y puso los $250.000 faltantes. Yo hice un crédito de $2.200.000 y así pude cumplirle la ilusión a Mabel de formar su hogar.

Viviendo en el apartamento 103 del edificio Marbella del barrio Riomar de Barranquilla un día del año 1.990 llegó un pintor cartagenero que nos recomendaron ofreciendo unas obras de su arte. Nos cayó en gracia el tipo y le compramos dos cuadros (un bodegón y un paisaje).

En medio de la conversación, le saqué una foto de una corraleja de Sincelejo y lo reté,

“¿Tú eres capaz de pintarme esto?”

Y me dijo, “déjamela, yo me la llevo y lo analizo”

Como a los 20 días me trajo una acuarela en donde había pintado sobre un lienzo la foto. Y digamos que mirando el cuadro de lejos se aprecian las corralejas en pinceladas.

Quedé orgulloso de mi cuadro y lo puse en la sala del apartamento. A los 2 días Mabel Surella me dice “no, definitivamente eso no pega en la sala”.

Después lo puse en el comedor y varios días pasaron cuando Mabel Surella me dice “no Jaime, eso tampoco pega, ahí luce un bodegón”.

Entonces me llevé la obra maestra para el cuarto y me dije “aquí queda bien porque aquí en el cuarto hay faenas, arrastradas, puestas de banderilla, estocadas” y a los 2 días “no, eso no pega ni con chicle ahí” terminó diciéndome Mabel Surella.

Un poco afligido puse la obra maestra en el cuarto de estudio detrás del sofá y recostado a la pared. No me resignaba a no lucir la obra maestra, entonces se me ocurrió de ir a la casa del doctor Rafael Bacci, vecino del edificio Marbella y le dije:

“Doctor Bacci, ¿usted me puede tener este cuadro aquí mientras tanto?, si algún día yo llego a vivir en casa, entonces usted me lo devuelve”.

“Bueno, colóquelo ahí y yo veo en dónde lo cuelgo”, me dijo mi tío sin pensarlo dos veces.

18 años viviendo en el apartamento 103 del edificio Marbella de los cuales 10 años fueron sin poder colgar mi obra maestra que lucía espectacular en la terraza parrandera de la casa del doctor Rafael Bacci. Ya para esa época había pagado totalmente el apartamento con un UPAC que me extorsionó durante 15 años. El UPAC era la unidad de poder adquisitivo constante usada para calcular el costo de los créditos de vivienda y el préstamo de $2.200.000 que hice inicialmente se representó en UPAC de finales del año 1.980 y ese UPAC aumentaba todos los meses y terminé pagado más de $30.000.000. Tenía más de 3 años de estar aliviado sin tener que pagar esas cuotas mensuales, cuando Mabel Surella comenzó con el tema que ella siempre había querido vivir en una casa. Yo me opuse porque no quería volver a vivir la tortura de un nuevo crédito. Fue tan insistente que accedí, pero ella no sabía que lo hacía porque por fin podía colgar mi obra maestra en mi casa.

Para el año 2.000 nos mudamos para nuestra nueva casa, con el sufrimiento de un nuevo crédito, pero con la posibilidad de recuperar mi cuadro y colgarlo en el cuarto de estudio.

Ya instalado en la nueva vivienda fui a visitar al doctor Rafael Bacci un domingo en la mañana, día de escuchar buena música a todo timbal en la terraza parrandera hermosamente adornada por mi obra maestra. Después de hablar del Junior, del futbol en general y de los últimos acontecimientos, di vueltas hasta que encontré el momento para decirle:

“Oh doctor Bacci, ¿Usted se acuerda del cuento del cuadro de corraleja de que me lo guardara aquí hasta que yo tuviera casa?”

“Sí, claro”, me respondió.

“Bueno, entonces vengo por mi cuadro”

“Ese cuadro de aquí no sale. No sale ni por sobre la cabeza mía. ¡Jamás!”

Me tocó mandar a pintar otro cuadro de la misma fotografía pero con otra técnica:

En el siguiente video se ve la acuarela en todo su esplendor:

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