Hoy 2 de febrero del 2021, día de las fiestas patronales en Nervití, he estado recordando a mi abuelo materno Papafel. Y recordaba que para febrero del año 1995 fue mi último viaje con mi abuelo Papafel a Nervití, corregimiento del municipio de El Guamo (Bolívar). Es que Nervití, a la orilla del río Magdalena, era su patria chica en donde se forjó como hombre de bien, conservador Laureanista, ganadero y formó un hermoso hogar con mi abuela Mamasita.

Para esa época del año 1995 mi abuelo Papafel todavía estaba en sus papeles, pero mis tíos mayores, sobre todo tía Alcy, ya no lo dejaban ir a Nervití solo. Armé un viaje que inició justo para la vispera de la fiesta de la virgen de La Candelaria, 2 de febrero, la patrona del pueblo. En los recientes viajes que acompañé a mi abuelo Papafel a Nervití fueron con la dirección logística del profesor José, mi tío pichón. El profesor José y yo pensábamos que era justo que mi abuelo Papafel fuera a Nervití a darse un baño de popularidad en el pueblo para que volviera a ser por unos días el patrón, el caporal, el líder respetado e importante de la región. Fue así como nos inventamos unos 4 viajes a Nervití a principios de la década de los años 90. Y mi abuelo Papafel gustoso aceptaba la invitación y mis tíos mayores no le decían nada porque iba con nosotros. Siempre fuimos para la época de fiestas de la virgen de La Candelaria.


Nos íbamos madrugado en mi carro hasta Calamar y allí pernoctábamos y después de un suculento desayuno con pescado bocachico frito, buen limón, yuca y ñame entonces, nos enrumbamos a Nervití en el Jumbo del primo Cheche Gutiérrez hijo del tío Nelson. El Jumbo es una canoa de fibra de vidrio entechada con motor fuera de borda con cupo de 15 pasajeros aproximadamente.



Al arribar al pueblo y desembarcar, como siempre, la cantidad de gente en el puerto para saber quién llegó y los pelaos tratando de llevarle las maletas a uno.

La cara de felicidad de mi abuelo Papafel enseguida mostraba su mejor sonrisa de oreja a oreja. A pesar del calor y las incomodidades que abundaban en la casa de mis abuelos, por la falta de mi abuela Mamasita que ya se había ido al cielo el 6 de agosto de 1980, nosotros la pasábamos bien, muy animados recordando tiempos pretéritos. El anfitrión era mi tío Osías, pero en tiempo de fiestas ni calor ni incomodidad se sentía según el pariente Abel Piña.

Nunca supimos si era por llevar al abuelo a que se distrajera y siguiera siendo el caporal por unos días o las ganas nuestras de visitar al pueblo, para que el profesor José recordara su niñez y juventud, y yo recoger testimonios de la gente que conoció a mi padre Olegario quienes hablaban muy bien de él contando anécdotas y andanzas que tuvieron en épocas de carnavales y de fiestas patronales. Participábamos de la vispera, la procesión en la madrugada, después durante el propio 2 de febrero íbamos a la misa y ese día recorríamos la calle del medio de casa en casa visitando y tomando trago en compañía del tío Osías.

En pleno 2 de febrero mi abuelo Papafel comenzó a hablarme de Aguas Vivas. Lo primero que se me vino a la mente fueron las medusas, las aguas vivas del mar que las conocí como “aguas malas” en el mar Caribe frente al golfo de Morrosquillo en Tolú (Sucre), entonces me dije “estas aguas de mi abuelo deben ser de las buenas”. Mi abuelo Papafel me estaba ofreciendo en venta una finca llamada Aguas Vivas y en medio del sofoco de la mañana sentados en la sala de la casa me la ofrecía con un mensaje de salvación para él y que era un terreno de aguas vivas porque estaba a la orilla del Río Magdalena, diciéndome que era un manantial que brotaba los sorbos vivificantes que salvan las vacas en épocas de sequía.
En vista que mi atención estaba más bien en la corraleja de la tarde me invitó a ver el terreno. “Queda aquí cerca, en las afueras del pueblo”. Le pregunté por la distancia y me respondió que el terreno estaba a un cuarto de tabaco, medida de tiempo usual en los pueblos.
Se puso sus zapatos pantaneros, el machete al cinto y se acomodó su sombrero vueltiao. Fuimos de a pie bajo un sol canicular transitando caminos polvorientos. Vestía con camisa manga larga y se fumaba un cigarrillo Lucky Strike.

Durante el trayecto solo interrumpió su discurso comercial cuando pasamos por el cementerio y saludó a una viuda con luto de consideración que salía llorosa del camposanto. Su conversación siempre giró en el ofrecimiento y bondades del terrero. Llegamos. Yo totalmente sudado. Mi abuelo Papafel como si nada, la distancia casi había consumido el cigarrillo Lucky Strike el cual mantenía en su boca del lado derecho, con el ojo del mismo lado medio cerrado para protegerse del humo y con un larguero de ceniza pidiendo un toque toque para desprenderse de la colilla.
Yo pensé “aquí desde la cerca alambrada a la orilla del camino me hablará de lo ventajoso de comprar el terreno”.
No fue así, entramos al terreno pasando primero por un pequeño corral. Cuando pasamos el pequeño corral un poco deteriorado veo que mi abuelo Papafel se dirige al terreno el cual estaba enmontado y sucio por las inclemencias, era una pequeña y densa selva. Mi abuelo Papafel desenfunda su machete, tira al suelo la colilla del cigarro Lucky Strike la cual yo pisoteé para evitar un incendio, comenzó a abrir camino zigzagueando el machete con su mano izquierda en medio del espeso matorral. No dejaba de hablarme de las ventajas que tenía el terreno mientras yo esquivaba la maleza que me rasgó la camisa en varias partes y pensaba por qué no había traído un palo así fuera mojoso para protegerme de las culebras que por el calor estarían endemoniadas.
Yo siempre fui un admirador de la fortaleza de Papafel y sobre todo admiraba mucho su buen estado físico que ahora, una vez más lo comprobaba con la faena de Aguas Vivas. Como era de buen comer, una vez lo entrevisté y le dije que me diera un consejo de qué debía comer para llegar a sus 87 años con ese buen estado de salud. Como rivereño que era, yo esperaba que la respuesta que me iba a dar era que comiera pescado y en cambio me dijo, “vea, a usted le recomiendo que en la comida siempre tome leche, tome leche. Usted abra la nevera y si hay agua, gaseosa y leche, usted tome leche. A toda hora tome leche, esa es mi recomendación”. Quizás a esa edad me ganaba porque yo poca leche tomaba.
Llegó un momento que no sabía hacia donde me quería llevar mi abuelo Papafel, pues continuaba abriendo camino que se me hacía eterno. Después de saltos de matojos llegamos a una plena claridad en donde se divisaba el río Magdalena desde un barranco. Contemplar esa imagen del río me trajo a la mente el barco El Capitán De Caro que su dueño, el señor Alfonso De Caro, que había nacido en Nápoles Italia, se trasladó a Barranquilla y fundó la empresa Vapores Alfonso De Caro y Cía. Tuvo un barco a vapor que lo llamó “El Capitán De Caro” que navegaba por el rio Magdalena pasaba por Nervití y la familia lo conoció y utilizó como transporte fluvial.
En medio de ese recuerdo que me hizo elevar, me despierta la voz de mi abuelo Papafel que como una estocada final para cerrar el negocio me dijo:
“No te estoy vendiendo un terreno si no un río. Te estoy vendiendo el río, el terreno de Aguas Vivas te lo estoy regalando”.
El río como fuente de Aguas Vivas podía representarme nueva vida, espiritual y material, pero no accedí a comprar el terreno. Disfrutábamos 2 días de fiestas incluyendo los fandangos nocturnos y las corralejas. Lo malo como siempre, era el día del regreso, mi abuelo Papafel no había perdido la costumbre y desde antes de 3 de la madrugada con el foco de mano encendido, comenzaba con el sonsonete de levantarnos para coger la lancha de regreso.
