SEMBLANZA DE OLEGARIO

A los nietos de mi padre le hablábamos de él, pero ellos no lo alcanzaron a conocer en vida, entonces decidí hacerles una semblanza organizada en Sincelejo.

Esa idea me surgió en el año 2014 y la concebí como un Proyecto, los ingenieros somos así, definiendo actividades para lograr un objetivo específico. Ese conjunto de pasos planificados quedaron registrados en el siguiente documento:

Cumpliendo con las actividades poco a poco fui definiendo un diseño de las diapositivas para hacer la presentación en un plazo que se estaba demorando:

Con base a este diseño, con la recolección de documentos y fotos, investigaciones completé la presentación en la aplicación Power Point. Mi amigo y experto en el tema de presentaciones, Miguel Arenas, en un viaje que hice a Miami a visitar a mi hija Marcela, me revisó la presentación y me hizo unos cambios de diseño.

Por fin se pudo concretar la fecha para realizar la presentación de la semblanza de mi papá, el 30 DE JULIO DE 2016 en Sincelejo en el centro recreacional Los Campanos de la Caja de Compensación de Sucre (Comfasucre) nos pusimos de acuerdo para reunirnos.

Inicio de la exposición de la Semblanza

El momento cumbre de la semblanza ocurrió cuando ninguno de los presentes lo esperaba.

Ramiro Enrique se puso de pie y pidió la palabra cuando yo terminé de contar el episodio del accidente de mi papá. Durante unos segundos guardó silencio, como si estuviera buscando la manera de regresar a una noche que había quedado enterrada durante décadas en su memoria. Poco a poco comenzó a relatar algunos momentos del accidente, vividos por él en primera persona. No eran hechos desconocidos para todos, pero sí detalles que nunca había contado en público y que conservaban intacta la emoción de aquel joven de veinticinco años que vio cambiar su vida en cuestión de segundos.

A medida que hablaba, el auditorio dejó de escuchar una historia familiar para presenciar un auténtico testimonio. Su voz se quebraba por momentos y las imágenes que describía parecían devolverlo a aquella carretera oscura entre Chinú y Sincelejo. El silencio se apoderó del salón. Algunos bajaban la mirada, otros se secaban discretamente las lágrimas. Para muchos de los nietos era la primera vez que escuchaban el relato desde la voz de quien estuvo allí.

Yo había llevado una botella de whisky para compartir al final de la reunión. Mi esposa había cuestionado la idea desde el principio y, para evitar discusiones, se la entregué a mi primo Heraclio para que la guardara discretamente. Pero después de escuchar a Ramiro comprendí que había llegado el momento de abrirla.

Busqué a Heraclio entre los asistentes y le dije:

—Destápala, porque esto es para hombres.

Heraclio entendió inmediatamente. Minutos después comenzaron a circular los vasos de whisky mientras continuaban los abrazos, las lágrimas y los recuerdos de Olegario. De alguna manera, aquel brindis espontáneo terminó convirtiéndose en un homenaje que ninguno de los presentes había planeado.

Cuando terminó, ya no era solamente la semblanza de un abuelo que no conocieron. Era también la historia viva de una familia marcada por una ausencia que, a pesar de los años transcurridos, seguía ocupando un lugar profundo en nuestros recuerdos. Aquella intervención espontánea de Ramiro se convirtió, sin proponérselo, en uno de los momentos más emotivos de toda la reunión.

De niños, Ramiro, María Cecilia y yo nos tomamos una foto en un baile de disfraz en el Club Sincelejo y 56 años después repetimos la foto en este encuentro

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *