En noviembre de 1976 mi padre Olegario Enrique Salgado Martínez sufrió un accidente fatal después de Sampués, cuando regresaba a Sincelejo en compañía de Ramiro Enrique, mi hermano mayor.
A los nietos de mi padre le hablábamos de él, pero ellos no lo alcanzaron a conocer en vida, entonces decidí hacerles una semblanza organizada en Sincelejo.
Estos dos eventos considero que son de trascendental importancia y por eso los describo a continuación.
Antecedentes del accidente
Mi padre trabajaba en el Instituto de Comercio Exterior (Incomex) en Sincelejo. Su oficina quedaba dentro del edificio del Banco de la Republica.


También participaba en las reuniones del Banco de la República como en la despedida por jubilación del gerente, don Ángel Gamarra y la posesión del nuevo gerente, don César Salgado Abad.




Mi padre se jubiló con el régimen especial del Banco de la República. Había ingresado a trabajar en la Oficina de Control de Cambios el 27 de febrero de 1947 para luego pasar a la Oficina de Registro de Cambios el 20 de febrero de 1951 hasta que se retiró por la extinción de dicha oficina, razón por lo cual fue pensionado el 30 de junio de 1965 con algo más de 18 años de servicios. Se le hizo un homenaje a raíz de su jubilación en el cual le dedicaron los siguientes versos:

Siguió trabajando, pero en el Incomex que se convirtió en un instituto descentralizado.
A finales de octubre de 1976 se celebró en Bogotá una convención del Incomex. Antes le había dicho a su esposa Hilda Rosa, mi mamá, que, a pesar de recibir viáticos, eso de todos modos representaba un gasto extra, sin embargo, decidió viajar porque “los pelaos están allá”. Mi hermana Maria Cecilia y yo estudiábamos en Bogotá, Educación Preescolar e Ingeniería de Sistemas respectivamente.
Desde cuando mi padre se instaló en el hotel prácticamente me alojé como un huésped más y almorzaba, cenaba y dormía en el hotel. Recuerdo que esas noches frías bogotanas con temperaturas por debajo del umbral mínimo que yo podía soportar, en el hotel las mitigué guarnecido con unas cobijas de plumas de ganso.
En la noche hablábamos mucho en el restaurante bar y en una ocasión nos tomamos unos tragos. Recuerdo que para esa época habían operado a mi mamá Hilda Rosa de histerectomía total en la Clínica Bautista de Barranquilla y se había quejado de que Mabel Surella, mi novia en ese entonces, no la había ido a visitar. Eso fue tema de nuestra conversación y mi padre me hizo el reclamo a nombre de mi madre al cual yo respondí con unas explicaciones de los hechos
- ¡Ah, pero entonces tú la quieres! – me dijo sorprendido- ya entiendo-continuó después de una pequeña pausa
El viernes 29 de octubre de 1976 abandonó el hotel y registró su salida para pasar el fin de semana en nuestra residencia estudiantil. Su plan era viajar de regreso por Barranquilla el domingo 31 y así recoger a mi mamá y viajar juntos a Sincelejo.
Nosotros vivíamos donde Carmen Becerra y su mamá, doña Cristi, que eran amigas de Sincelejo. La casa quedaba frente a la Universidad Nacional sobre la avenida calle 26 (Avenida El Dorado), Barrio El Recuerdo. Ese mismo viernes, todos los residentes nos reunimos en la sala de la casa y departimos un buen rato y en gran tiempo disfrutando de la presencia de mi padre. Él tenía la costumbre que en reuniones así, le gustaba hablar, casi que echar su discurso y en esta ocasión no fue la excepción y yo enseguida tomé la grabadora y a escondidas registré su charla, que muestro a continuación:
Yo le cedí mi cama y dormí en una colchoneta. Al día siguiente nos fuimos de compras de cosas necesarias para unos estudiantes que viven en una residencia. El domingo cuando preparaba su ida al aeropuerto El Dorado vi que le habían regalado una agenda en el congreso del Incomex y se la pedí regalada porque me podía servir de libreta de apuntes en la Universidad. Cuando salíamos al aeropuerto me dijo:
- Ahí te dejé la agenda en tu mesita de noche
