LA ÚLTIMA PARRANDA DE OLEGARIO

Antecedentes de la última parranda

Mi padre trabajaba en el Instituto de Comercio Exterior (Incomex) en Sincelejo. Su oficina quedaba dentro del edificio de la sucursal del Banco de la República.

También participaba en las reuniones del Banco. Aquí está en la despedida por jubilación del gerente, don Ángel Gamarra y la posesión del nuevo gerente, don César Salgado Abad.

Mi padre se jubiló con el régimen especial del Banco. Había ingresado a trabajar en la Oficina de Control de Cambios el 27 de febrero de 1947 para luego pasar a la Oficina de Registro de Cambios el 20 de febrero de 1951 hasta que se retiró por la extinción de dicha oficina, razón por lo cual fue pensionado el 30 de junio de 1965 con algo más de 18 años de servicios. Todavía el Banco de la República funcionaba como una Agencia en Sincelejo.

Banco de la República en el edificio del señor Rafael Vergara Méndez

Se le hizo un homenaje a raíz de su jubilación en el cual le dedicaron los siguientes versos:

En 1965, cuando Colombia se coronó campeona mundial de béisbol aficionado en el torneo celebrado entre Cartagena y Barranquilla, la emoción se vivía en cada casa de la Costa Caribe. Mi papá, que trabajaba en el Incomex y era un apasionado del béisbol, tenía que cumplir con sus obligaciones en la oficina y no podía seguir las incidencias de los partidos. Mi mamá, en cambio, permanecía atenta junto al radio, escuchando cada lanzamiento, cada imparable y cada carrera del equipo colombiano. Con una dedicación que hoy me parece admirable, anotaba en pequeños papelitos las jugadas más importantes y las novedades del marcador. Luego enviaba aquellas notas con la muchacha del servicio hasta la oficina de mi papá, para que no se perdiera los momentos decisivos del campeonato. Imagino a mi padre recibiendo aquellos mensajes escritos a mano, como si fueran boletines de última hora, y no deja de sorprenderme el ingenio y la complicidad de mi mamá, que encontró la manera de acercarle el juego a quien tanto lo amaba, mucho antes de que existieran los teléfonos celulares, los mensajes instantáneos o las transmisiones en línea.

Mi padre siguió trabajando, pero en el Incomex que se convirtió en un instituto descentralizado y su oficina siguió dentro del edificio nuevo del Banco de la República que ya funcionaba como sucursal.

A finales de octubre de 1976 se celebró en Bogotá una convención del Incomex. Antes le había dicho a su esposa Hilda Rosa, mi mamá, que, a pesar de recibir viáticos, eso de todos modos representaba un gasto extra, sin embargo, decidió viajar porque “los pelaos están allá”. Mi hermana Maria Cecilia y yo estudiábamos en Bogotá, Educación Preescolar e Ingeniería de Sistemas respectivamente. Mi hermana a punto de graduarse y a mí, faltándome un año.

Mi padre se instaló en un hotel en el centro de la capital porque le quedaba cerca del lugar del simposio. Prácticamente me alojé como un huésped más y almorzaba, cenaba y dormía en el hotel. Recuerdo que esas noches frías bogotanas con temperaturas por debajo del umbral mínimo que yo podía soportar, en el hotel las mitigué guarnecido con unas cobijas de plumas de ganso.

En la noche hablábamos mucho en el restaurante bar y en una ocasión nos tomamos unos tragos.

Dentro de los temas de nuestra conversación estuvo uno en donde mi padre me hizo un reclamo a nombre de mi madre quien se había quejado de que Mabel Surella, mi novia en ese entonces, porque en las vacaciones de mitad de año yo había enviado una carta para mi mamá con Mabel Surella y se la había entregado sin pasar de la puerta de la entrada y después no había ido a visitarla. Yo le respondí con las explicaciones de los hechos que Mabel Surella me había dado.

  • ¡Ah, pero entonces tú la quieres! – me dijo sorprendido
  • Si, claro, ella es mi novia
  • Ya entiendo – continuó después de una pequeña pausa

Recuerdo que para esa época habían operado a mi mamá Hilda Rosa de histerectomía total en la Clínica Bautista de Barranquilla. El viernes 22 de octubre de 1976 se clausuró el evento entonces registró su salida y abandonó el hotel para pasar el fin de semana en nuestra residencia estudiantil. Su plan era viajar de regreso por Barranquilla el domingo 24 y así recoger a mi mamá y retornar juntos a Sincelejo.

Nosotros vivíamos donde Carmen Becerra y su mamá, doña Cristi, que eran amigas de Sincelejo. La casa quedaba frente a la Universidad Nacional sobre la avenida calle 26 (Avenida El Dorado), Barrio El Recuerdo. Ese mismo viernes, todos los residentes nos reunimos en la sala de la casa y departimos un buen rato animados con los tragos de las botellas de aguardiente que él mando a comprar. Disfrutamos la presencia de mi padre. Él tenía la costumbre que en reuniones así, le gustaba hablar, casi que echar su discurso y en esta ocasión no fue la excepción y yo enseguida tomé la grabadora y a escondidas registré su charla.

Esa charla y la intervención de los asistentes quedó almacenada en un caset, el cual he conservado como una reliquia:

Hace un tiempo llevé el caset a un estudio de grabación y le hice una remasterización y quedó restaurado y lo presento a continuación:

Yo le cedí mi cama y dormí en una colchoneta. Al día siguiente nos fuimos de compras de cosas necesarias para unos estudiantes que viven en una residencia. El domingo cuando preparaba su ida al aeropuerto El Dorado vi que le habían regalado una agenda en el congreso del Incomex y se la pedí regalada porque me podía servir de libreta de apuntes en la Universidad. Cuando salíamos al aeropuerto me dijo:

  • Ahí te dejé la agenda en tu mesita de noche

Desde principios del año 1976 mi hermano Ramiro Enrique comenzó su año de internado en el hospital San Jerónimo de Montería (Córdoba) después de haber completado sus estudios de medicina en la Universidad de Cartagena.

Había demorado 5 años académicos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, la facultad más destacada y tradicional de la región Caribe por su siglo y medio de existencia para esa época. Con esos 5 años académicos más el de internado de medicina completaba la carrera para obtener el pregrado en Medicina.

El Hospital San Jerónimo era una institución pública de mediana y alta complejidad y funcionaba como un centro hospitalario de referencia en la región del bajo Sinú, lo cual le garantizaba a Ramiro Enrique un año de buenas prácticas médicas, rotando por diferentes servicios y especialidades como pediatría, ginecología, cirugía y medicina interna. Vivía en el mismo Hospital en unos cuartos de descanso diseñados para recibir a estudiantes practicantes. Estar haciendo el internado en Monteria le servía porque estaba cerca de Sincelejo, su ciudad natal y cerca de la finca La Unión que mi padre tenía cerca del municipio de Chinú (Córdoba).

Realizando el internado de medicina, Ramiro Enrique se reencuentra con su amigo de colegio Eduardo Márquez quien había regresado de Bogotá como Ingeniero Civil graduado. Su amigo había estudiado todo el bachillerato con él y lo culminaron en 1969 en el colegio Instituto Nacional Simón Araujo de Sincelejo (Sucre) y, además, había vivido en donde mi tía Carmen Salgado quien tenía un parentesco con la mamá de Eduardo Márquez. Mi hermano iba en las vacaciones de bachillerato a Planeta Rica en donde vivía Eduardo Márquez y también pasaba sus días en la finca de Jacinto Márquez (padre de Eduardo) que quedaba en el corregimiento de Centro Alegre (Córdoba) en las estribaciones del Nudo del Paramillo.

Eduardo Márquez trabajaba en la alcaldía de Montería cuando se reencontraron en ese primer semestre de 1976. Y volvieron a tener los paseos al municipio de Planeta Rica, a 53 kilómetros de Montería, y la finca de Centro Alegre. Todos estos desplazamiento dentro y fuera de la ciudad lo hacían en el automóvil que Jacinto le regaló a Eduardo por su grado de ingeniero. Era un Renault 12 versión TL modelo 1976 ensamblado por SOFASA Colombia, de color rojo con motor 1.3L y tracción delantera.

Un día que lo recogió en su carro nuevo en el Hospital le presentó a su novia, quien trabajaba en la seccional de salud. Con una amiga de la novia completaron las dos parejas y comenzaron a salir y parrandear en los momentos en que las ocupaciones de mi hermano lo permitían.

Cuando se acercó el día del cumpleaños de Ramiro Enrique, mi papá comenzó a invitarlo a que se lo pasara en Sincelejo y para terminar de convencerlo para que aceptara el convite le dijo que lo podían festejar en las fiestas de Chinú pues ya tenía palabreado al director de la banda para animar el agasajo.

Entonces Ramiro Enrique convida a Eduardo Márquez y a las dos amigas para ir al festejo.

Viajaron temprano en el carro nuevo a Sincelejo el sábado 20 de noviembre de 1976, el día del cumpleaños de Ramiro Enrique. Las dos amigas se quedaron en Sahagún en donde unos familiares y quedaron a la espera de que las recogieran para ir a las fiestas de Chinú.

Después de la bienvenida al cumplimentado mi mamá preparó un suculento desayuno sabanero. Mi padre les recuerda el plan de ir a las corralejas de Chinú (Córdoba) que se celebraban en el marco de las festividades de San Rafael Arcángel.

Aunque el día de San Rafael Arcángel es en octubre, la temporada de fuertes lluvias de octubre hicieron retrasar la construcción de la corraleja en la Plaza Nueva hasta finales de noviembre lo cual garantizaba un ruedo seco, menos peligroso para los garrocheros y toreros espontáneos y más cómodo para el público en los palcos. Además, las corralejas funcionaban como un circuito itinerante de palcos y ganaderías y para octubre estaban acaparadas las maderas de los palcos y los ganaderos, y por eso Chinú reprogramó sus fechas para garantizar la asistencia de los mejores manteros, garrocheros y ganaderos.

Pero mi madre Hilda Rosa cuando se enteró de que iban de parranda a otro municipio no los dejó porque no tenían un chofer que por lo menos los regresara. Enseguida mi papá consiguió un conductor de confianza y salieron a hacer la correría antes de llegar a las corralejas de Chinú: ir hasta Sahagún por las dos chicas y regresar a Chinú. En vista de que ya el chofer no cabía en el Renault 12, mi papá lo despachó para Sincelejo.

Al terminar la tarde de toros, salieron primero a Sahagún a dejar a las amigas en donde sus familiares y de ahí regresaron a Sincelejo.

Al día siguiente, domingo 21, desde temprano comenzaron a organizarse para regresar a las fiestas de Chinú. A las diez de la mañana, Juan Becerra Martínez descansaba en una hamaca de su casa El Oasis, leyendo el suplemento dominical de El Tiempo y esperando el nacimiento de su próximo hijo, Juan. Recién había regresado de El Salvador, donde ejercía su profesión de médico veterinario. Había vuelto casado, con hijos y con otro a punto de llegar al mundo.

De improviso aparecieron mi papá, mi hermano Ramiro Enrique y Eduardo Márquez, conocido como El Zorra. Llegaron en el Renault 12 rojo recién estrenado. Mi papá le extendió una invitación difícil de rechazar: ir a Chinú a ver los toros de Joche Tulena. Joche era muy amigo suyo y conocido de Juan.

En medio del entusiasmo que despertó la propuesta, doña Cristi, madre de Juan, expresó su preocupación. Igual preocupación había manifestado mi madre y el día anterior habían ido con chofer particular. No le agradaba la idea de que su hijo dejara sola a Antonieta en avanzado estado de embarazo para irse de parranda a otro pueblo. Finalmente accedió, pero con una condición innegociable: debían llevar un conductor. Después de cambiarse con rapidez, fueron a buscar a El Gato, un chofer de confianza que se había ganado el apodo por sus ojos saltones y la forma, color y brillo de ojos felinos.

Con El Gato al volante, los cuatro viajeros emprendieron el recorrido con suficiente anticipación a las dos de la tarde, hora señalada para la corrida. Primero asistieron a una recepción ofrecida por el ganadero Joche Tulena en su finca, ubicada en la vía entre Chinú y San Andrés de Sotavento. Allí mi papá se encontró con familiares y amigos de Chinú, mientras Juan se reencontró con Germán Urzola. Los dos terminaron abrazados y llorando al recordar la muerte del hijo de Germán en un accidente de avioneta.

Terminada la recepción, continuaron hacia Chinú. Mi papá y Juan ocuparon el palco de la junta para disfrutar de la tarde taurina mientras seguían compartiendo el whisky. Desde lo alto de los palcos, las bandas de viento interpretaban porros y fandangos que retumbaban por toda la Plaza Nueva. El sonido de los bombardinos, clarinetes y redoblantes se mezclaba con los gritos del público, el bullicio de los vendedores y la emoción de los aficionados. La fiesta estaba en su mejor momento.

Con el paso de las horas se dispersaron. Mi papá se dedicó a saludar familiares y amigos, mientras Juan se reunió con varios colegas veterinarios y agentes viajeros conocidos en el ejercicio de su profesión. Cada uno disfrutó la corraleja a su manera.

Mientras tanto, Ramiro Enrique y Eduardo Márquez le quitaron las llaves a El Gato y se marcharon a Sahagún para buscar a la novia y su amiga. Más tarde regresaron a la corraleja y volvieron a encontrarse con mi papá. Entre la música, los tragos y el ambiente festivo también coincidieron con mi tío, el doctor Walberto Antonio Salgado Martínez, hermano de mi padre. Nadie imaginaba que aquellas serían algunas de las últimas horas de alegría compartidas.

La tarde transcurrió entre toros, porros y tragos. Desde los palcos las bandas de viento interpretaban una y otra vez los aires sabaneros que se confundían con los gritos del público y el estruendo de los recamarazos de fuegos pirotécnicos. Los más entusiastas comentaban las embestidas del ganado mientras otros aprovechaban para saludar viejos amigos que solo se encontraban en época de corralejas. Mi padre parecía disfrutar cada minuto de aquella jornada. Conversaba con unos y otros, compartía el whisky y revivía anécdotas con familiares y conocidos. Nada hacía presagiar que aquella alegría colectiva terminaría convirtiéndose, pocas horas después, en una de las noches más dolorosas para nuestra familia.

Cuando terminó la tarde taurina y descendieron de los palcos, ya no los acompañaba Juan Becerra ni tampoco El Gato. Mi padre había despachado al conductor. Juan, por su parte, regresó a Sincelejo en un campero Nissan Patrol con sus amigos de parranda que vivían frente a los Anaya, en el barrio Ford. Allí terminó de compartir una botella de whisky y más tarde se fue caminando hasta su casa.

Ya entrada la noche cuando bajaron de los palcos, las dos jóvenes, mi hermano, Eduardo y mi padre volvieron a encontrarse con el doctor Walberto Antonio. Mi tío les ofreció llevarlos de regreso a Sincelejo, pero ellos tenían el compromiso de regresar primero a Sahagún para dejar a las muchachas. Incluso les propuso pagar un taxi expreso para ellas y poner a su conductor a manejar el Renault nuevo. Hubo insistencias, argumentos y algunas palabras cruzadas al pie de la corraleja, pero la propuesta fue rechazada.

Partieron entonces hacia Sahagún. Antes de dejar a las jóvenes donde sus familiares, se detuvieron en el parque principal. Sentados en las bancas de cemento, mi padre servía whisky y conversaba animadamente, asumiendo el papel de un auténtico chaperón. Era una escena curiosa: un hombre maduro acompañando con naturalidad a un grupo de muchachos en una noche de fiesta.

Cumplido el compromiso, emprendieron el regreso hacia Sincelejo. El viaje transcurría entre conversaciones y tragos. Al llegar al retén de Chinú, Ramiro Enrique, que viajaba como copiloto, sintió náuseas y pidió detener el vehículo. El puesto de control estaba prácticamente desierto. Mi padre descendió del asiento trasero y rodeó a su hijo con un abrazo mientras intentaba ayudarlo a superar el malestar provocado por el exceso de licor. Después de varios intentos fallidos, le recomendó provocarse el vómito introduciéndose un dedo en la garganta. El remedio funcionó y Ramiro sintió un alivio inmediato.

Al regresar al vehículo, mi padre le sugirió que ocupara el asiento trasero para descansar. Él tomó entonces el puesto de copiloto. Ramiro se quedó dormido casi de inmediato.

Aproximadamente quince minutos después, un estruendo brutal interrumpió aquel sueño profundo.

Desorientado por el impacto, apenas alcanzó a escuchar la voz angustiada de Eduardo Márquez:

—¿Qué hacía ese camión ahí?

Corría de un lado a otro con las manos sobre la cabeza.

El accidente había ocurrido a unos doce kilómetros del retén de Chinú, en dirección a Sincelejo, poco después de pasar Sampués. En medio de la oscuridad de la carretera, cerca de las nueve y media de la noche, Ramiro logró reaccionar. La puerta había quedado bloqueada y tuvo que romper un vidrio para salir.

Al acercarse al lado derecho del vehículo encontró la puerta del copiloto abierta. Mi padre estaba gravemente herido. Como médico, comprendió de inmediato la magnitud de las lesiones. El Renault 12 rojo se había incrustado contra la esquina izquierda del chasis de un camión averiado que permanecía detenido sobre la vía. El golpe había impactado de lleno el paral derecho del parabrisas.

Con enorme esfuerzo logró sacarlo del automóvil, prestarle los primeros auxilios y pedir ayuda a los vehículos que transitaban por la carretera. Fueron minutos interminables. Uno tras otro, los carros seguían de largo mientras él imploraba que alguien los transportara hasta Sincelejo.

En medio de aquella confusión descubrió que Eduardo Márquez había desaparecido. Simplemente se había esfumado.

Finalmente se detuvo un campero Land Rover de capota que viajaba hacia Sincelejo. Entre varias personas lograron acomodar a mi padre en la parte trasera y emprendieron el recorrido hacia el Hospital San Francisco de Asís.

Allí fue atendido inicialmente con los recursos disponibles. El doctor Cueto, que se encontraba de turno, avisó de inmediato a mi tío Walberto Antonio. Poco después llegaron también los doctores Támara Montes y Quessep. Entre todos comenzaron una lucha contrarreloj para intentar salvarle la vida.

Mientras tanto mis tíos en Barranquilla fueron notificados del accidente y se dispusieron a viajar a Sincelejo y llevar a un neurocirujano. Los doctores Pedro Gutiérrez y Rafael Bacci contactaron al neurocirujano López Pinto y se enrumbaron a Sincelejo.

Ese domingo 21 de noviembre a mí me llamó Anita Bustamante, la esposa de mi tío Walberto Antonio, y me notificó lo del grave accidente y me pidió que María Cecilia y yo viajáramos a Sincelejo. Se trató infructuosamente de poder viajar a la costa atlántica a esa hora así que conseguimos pasajes para viajar por Montería al día siguiente a las 10 de la mañana.

Hubo un momento de respiro cuando Carmen Becerra llamó a su casa en Sincelejo y le dijeron que su hermano Juan estaba en casa durmiendo y que él se había ido con mi papá para Chinú. Ahí pensamos por un rato que de pronto había una confusión. Pero no, Juan se había regresado con unos amigos veterinarios y había llegado a su casa El Oasis y había encontrado la revolución de que se había metido un ladrón y enseguida tomo la escopeta e hizo un tiro al aire con tan mala suerte que partió el alambre de la corriente eléctrica y quedaron sin luz y con calor y con su esposa a punto de dar a luz.

Después del aviso del accidente me encerré en mi cuarto y escribí una carta a Mabel Surella

Esa noche entramos en oración en la residencia estudiantil. Decidimos rezar un rosario y dormir todos en una sola habitación. Esto nos sirvió para amainar la angustia de no poder estar presente en el hospital.

A las 5 am entré a bañarme y cuando estaba afeitándome entró una llamada que yo atendí:

  • Jaime se hizo todo lo posible, pero Olegario murió-me dijo Anita Bustamante, mi padre había muerto en medio de la operación por salvarle la vida. María Cecilia y yo estábamos muy lejos y no pudimos ver ni cómo moría
  • Ah bueno-contesté en voz baja disimulando para que Maria Cecilia no se enterara
  • ¿Quién era? -preguntó Maria Cecilia desde el cuarto
  • Era Anita preguntando que si habíamos conseguido los pasajes-le respondí sin quebrar la voz

Cuando cogí fuerzas y tuve arrestos, entré al cuarto y me dirigí adonde estaba María Cecilia y le dije:

  • Nuestro padre ha muerto

Cuando doña Cristi nos sirvió el desayuno yo le comenté que había sentido un ruido ahí en la cocina como si un gato hubiera tumbado unos calderos. Ella me dijo que también lo había sentido. El estruendo había sido a las 4 de la madrugada porque yo miré mi reloj de pulso.

Al aeropuerto nos acompañó nuestro amigo William Martinez. El vuelo a Monteria salió puntual. A la llegada al aeropuerto Los Garzones nos esperaba el chofer en el campero de mi tío Walberto Antonio.

Dos horas después, tipo 1 pm, María Cecilia y yo llegamos a la casa en el Barrio Ford de Sincelejo en donde estaban velando a mi papa. Esa llegada fue muy triste y emotiva, pues había mucho llanto y los familiares y amigos prácticamente no lo dejaban entrar a uno por tanto abrazo y solidaridad. El más conmovido era mi hermano Ramiro Enrique quien lloraba de manera intensa y desconsolada y decía en voz alta “Jaimitongo se murió tu papá el que más te quería”. Yo estaba confundido y desconectado de la realidad, y no lloraba. Observaba. Mentalmente no estaba preparado y ansioso por ir a ver el féretro y comprobar la verdad. Ahí estaba mi padre, inerme con un vendaje cruzado en la cabeza que le tapaba parte del ojo derecho. Era una verdad inexorable. Ahí estaba vencida la nobleza y el respaldo de mi padre.

Mi madre estaba en su habitación y allá nos abrazamos y yo seguía sin entender.

Cuando tuve un respiro me fui a la terraza interna de la casa para recuperar la calma y allí me abrazaron los amigos y se condolieron de mí. Estando allí, mi tío Walberto Antonio me abrazó y me fue llevando hacia un callejón que le seguía al garaje de la casa para apartarnos del bullicio del velorio, caminando hacia un lugar más privado, y en medio de su llanto y dolor me dijo algo que iba a influir en mi vida. Me dijo que desde ese momento en adelante me iba a enviar la mesada para que yo terminara los estudios como había sido el deseo de mi papá. Yo estaba finalizando el semestre y me faltaban 2 más. En ese momento tampoco lloraba y no entendía el noble gesto de mi tío porque él era gruñón y sentía que no nos íbamos bien.

Después de esto fui al cuarto nuevamente y le comenté esa acción generosa y digna de admiración de mi tío y me comentó que él y mi papá eran inseparables, que hablaban todos los días y que mi papá lo ayuda en todos los negocios de ganadería que emprendía.

El sepelio fue en la tarde de ese mismo lunes 22 de noviembre. Muy concurrido. Recuerdo mucho la salida de la casa con mis abuelos maternos, Papafel y Mamasita. El trayecto se hizo a pie desde mi casa hasta el Cementerio Central.

Al día siguiente mi hermano y yo fuimos con mi tío a nuestra finca La Unión. Él fue el de la idea porque había que hacer presencia ya que “al caído caerle” y podían aprovecharse de la situación.

Al día siguiente fuimos a la notaría con el certificado forense y la orden de la Fiscalía para realizar el Registro Civil de Defunción. Cuando el notario nos lo entrega, yo lo leo y veo que la hora de la muerte fue la misma a la del sonido de la caída de los calderos en Bogotá. ¿Sería un aviso a sus hijos?

“Lo que su papá siempre quiso fue que usted estudiara así que se debe regresar a Bogotá”. Era el cuarto día de haber muerto mi padre. . “Eso era lo que quería tu papá y su lucha perenne para que estudiaras”, me dijo mi mamá mientras me daba la bendición, “ves con Dios” agregó y yo pensé en ese momento “¿cuál Dios? Si mi buen padre había muerto a temprana edad”. Allí comenzó una pelea con Dios. Recibí un apoyo económico de mis tías Carmen y Chefita. Un tiempo después yo escribí mis pensamientos sobre el hecho del apoyo de mi tío Walberto Antonio y de mi regreso repentino a Bogotá.

Regresé a la fría Bogotá, desolado, destrozado y firme a cumplirle a mi papá de seguir estudiando para hacerle un respaldo a su gran sacrificio. Llegué convencido de que el mundo también debía haberse detenido. Sin embargo, descubrí que nadie sabía de la muerte de mi padre. Los buses seguían llenos, los estudiantes asistían a clases, los vendedores ofrecían sus mercancías y la universidad funcionaba con absoluta normalidad. Mientras para nosotros todo había cambiado, para los demás era un día cualquiera. Fue entonces cuando comprendí que el dolor es profundamente personal: el mundo sigue girando aun cuando uno siente que el suyo se ha detenido.

Busqué el caset con la grabación de mi padre durante esa noche divertida en nuestra residencia. Después de escuchar la grabación, hice una en diciembre de 1976 que muestro a continuación.

Comencé a hablar con mi papá casi que en todo momento. Por un lado, le contaba mis cosas y le pedía que me ayudara con mensajes para que yo tomara las mejores decisiones. Por otro lado, le pedía que me diera señales de que estaba conmigo, pero a la vez tenía la sensación de que si me daba esas señales eso me iba asustar mucho. En las noches frías bogotanas me tenía que cobijar bien de pies a cabeza y era la única forma de protegerme a cualquier aparición. Era contradictorio, quería volverlo a ver, pero me daba miedo. Una vez estando en esas, desde la cama y tapado de pies a cabeza y medio asomado le pedía la demostración de que se moviera mi bata que estaba colgada en la puerta cerrada de la habitación y de repente la puerta comienza a abrirse lentamente y enseguida pensé “llegó la demostración” y era Carmen Becerra para preguntarme si me iba mañana temprano para la universidad.

Yendo para la Universidad Francisco José de Caldas en donde estudiaba, escuché por los parlantes del bus un vallenato que decía “tan bueno y tan noble como era mi padre y la muerte infame me lo arrebató, esos son los dolores y las penas tan grandes que a sufrir en la vida le pone a uno Dios”. Era la primera vez que escuchaba el vallenato Mi gran amigo y enseguida pensé que “era como si lo hubiera compuesto yo”.

Estando en mi habitación encontré la agenda que me había dejado en la mesita de noche. Yo no la había usado, ni la había abierto siquiera. Cobró un enorme valor en ese momento que la vi y la abrí y descubrí una dedicatoria como un último consejo que me dio:

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