De niño mi madre nos cantaba la canción de la Luna para dormirnos y a veces para divertirnos.
Luna, dame pan
que tus hijos no me dan.
Luna, dame pan
que tus hijos no me dan.
Luuuuna…
Esa canción de tradición oral popular también la cantaba de esta manera:
Luna lunera
Cascabelera
Los ojos azules
La cara morena
Y fue una manera natural de conocer la Luna en las noches sincelejanas. Además de observar la Luna nos encantaba contemplar los tres luceros que brillaban alineados en el firmamento nocturno, después supimos que se trataban de las tres estrellas principales que forman el Cinturón de Orión. Les decíamos los Tres Reyes Magos.

Mi abuelo Manuel José Salgado García tenía la finca La Candelaria y de niño íbamos con frecuencia todos sus nietos y pasábamos fines de semana o semana santa. En la madrugada nos despertaba para ir al corral en donde ordeñaban las vacas y nos brindaba una totuma de leche recién ordeñada. Jugábamos al que hiciera el bigote de leche más grande.

Alrededor de la casa había unos frutales y me llamaba la atención que las naranjas las podíamos coger sin pedir permiso, pero las mandarinas eran de propiedad de mi abuelo y solo con el permiso de él se podía n comer. Mi abuela María Josefa Martínez Díaz era la dueña del árbol de cereza que quedaba en frente de la casa. No se podía coger las hermosas y deliciosas cerezas sin su permiso.

En la sala había una repisa medianamente alta en donde mi abuelo Manuel José colocaba una pequeña revista que siempre me llamó la atención y me gustaba leerla. Era el Almanaque Bristol.
Mi abuelo me explicó que el almanaque hacía parte de una tradición agrícola porque era una guía para sembrar y cosechar dependiendo de las fases lunares.
También me enseñó eso de las fases lunares y cómo se puede maximizar el crecimiento y rendimiento de tus cultivos. Por ejemplo, en Luna Nueva era bueno sembrar yuca, ñame y buena época para limpiar el terreno.
En la fase Cuarto Creciente era bueno sembrar las hortalizas. Para la Luna Llena era bueno cosechar el maíz. Y el Cuarto Menguante era bueno sembrar cultivos de naranja, papaya.
Pero había la creencia popular de que las fases lunares tenían ciertos efectos en el temperamento humano o que, por ejemplo, me decía mi abuelo que la Luna Llena puede alterar el sueño debido a la mayor luminosidad, lo que puede hacer que algunas personas se sientan irritables, nerviosas o cansadas al día siguiente, o que esa luminosidad se aprovechaba para movilizar el ganado o harrear cerdos por la noche.
Ese pequeño folleto anual a mí me gustaba leerlo pues además de aprender sobre las fases de la luna también me deleitaba con su contenido amplio y diverso como el pronósticos del tiempo, horóscopos y chistes.
Después en la pubertad volví tener en el centro de atención a la luna por dos episodios. Uno fue la lectura del libro De la Tierra a la Luna escrito por Julio Verne en donde me apasioné leyendo sus páginas porque me lo imaginé como una aventura con mis amigos del barrio, puesto que, sentía que estábamos identificados con la magia recursiva de Julio Verne, y nos veía siendo protagonistas de proezas universales, no tanto como para enviar un hombre a la luna impulsado por un tremendo cañón, si no como para implantar un nuevo código de conducta en las relaciones sociales de Sincelejo.
Y el segundo episodio que tuvo que ver con la Luna fue el 20 de julio de 1.969 cuando con mis amigos del GUN CLUB de Sincelejo vimos en vivo y en directo la señal de televisión que mostraba la llegada del hombre a la Luna en el Apolo XI. Estábamos fascinados con la expectativa reinante en la recepción del Club Campestre.

En ese momento el sueño que inspiró a Julio Verne a escribir el libro de “De la tierra a la Luna” se convertía en realidad y precisamente ese libro nos había motivado a optar el mismo nombre del GUN CLUB, que en el libro correspondía a la asociación voluntaria de los excombatientes militares y esto presagiaba que los ideales del GUN CLUB de Sincelejo tenían sentido y podían prosperar en la eternidad, haciéndolos creíbles cuando vieron a Neil Armstrong pisar la luna y escucharon sus primeras palabras:
- Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.
Eran los 9 y 56 minutos de esa noche de domingo y día de la independencia de Colombia.
Seis años después, me trasladé a estudiar a Bogotá por transferencia desde la Universidad del Norte de Barranquilla. Allí me encontré a mi amigo William Martínez. Era el año 1974. Él estaba ennoviado con una plateña, Shirley Sofía Tirado y por acompañarlo a cine, le dije
- Dile a tu novia que me presente una amiga

Pero fue en una fiesta casera que me la presentó a finales de 1974. Desde entonces comencé a cortejarla y cuando la conocí le hice las preguntas de rigor de la época;
- ¿De dónde eres?
- Vivo en Barranquilla – me dijo
- Ah eres barranquillera entonces
- No, soy del Magdalena
- ¿De qué lugar?
- Soy de la tierra del hombre caimán.
Interpreté que no quería decirme que era oriunda de Plato. Ella era Mabel Surella Calderón Acosta.

Corría el año 1975 cuando estaba en una fiesta con Mabel Surella y mi amigo, el Chino Becerra, y cuando salíamos en la madrugada fría de Bogotá, yo notaba que ella se me recostaba diciéndome
- ¡Uy! qué frío hace
Yo como un pendejón nervioso y sin saber si tirarle el brazo o qué, no le respondía nada. Ella enamorada, diría yo, miró al cielo y la luna estaba clara y en su esplendor, a lo cual ella exclamó
- ¡Ay que Luna tan divina!
Yo miré al cielo y ahí estaba la Luna llena, era un farol grande y brillante, era una superluna. El movimiento de las nubes hacía ver el firmamento como un río viajero convirtiéndola una imagen poética. Pensé “otra vez se me atraviesa la Luna a mí”. Pensé en las lecciones de mi abuelo y en el Almanaque Bristol. La Luna estaba llena y luminosa, como si el cielo entero hubiera decidido acompañar aquella madrugada bogotana.
A pesar del romanticismo que inspiraba la madrugada, recordé que en las lecciones de mi abuelo la Luna llena permitía el traslado de animales por lo cual solo atiné a responder con conocimiento de causa:
- Si, esa Luna está clara como pa jarrear puercos.
El Chino Becerra casi me mata y ella dejó de hablarme por 6 meses.
Seis meses después volvió a llamarme para decirme que se estaba acordando de mí. Y menos mal, porque aquella Luna que casi me deja sin novia terminó alumbrando 46 años de matrimonio hasta el momento.







