Mi diploma de Ingeniero de Sistemas

Cuando un costeño llega al altiplano andino necesita acogida y comprensión. Por allá en el año 1.975, estudiando en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá conocí a Miguel Darío Arenas Leyva y desde ese momento entablamos una linda amistad para siempre. Miguel Darío es un cachaco simpático y buena gente. Nada de ingrato. Eso sí, fresco como una lechuga. Después de ir a estudiar a su casa e invitarme a fiestas y sentarme a manteles con su familia, comprendí que eran buenos cimientos para construir una bonita amistad, que la consolidamos con el proyecto de grado que hicimos juntos sin importar que su frescura impidiera adelantarlo a la velocidad que lo planeamos. La tesis tenía por nombre Proyecto Intercomunicador y Transmisor de Datos y era la construcción del Programa Emulador del Remote Job Entry de Burroughs en un Minicomputador Texas Instruments, proyecto de grado que presentamos a consideración de la universidad cuando terminamos académicamente la carrera de ingeniería de sistemas. Ese proyecto lo presentamos Miguel Arenas, Jaime Lesmes y yo. Jaime Lesmes Rodriguez, otro gran amigo de la universidad, es un rolo de verdad y con una memoria fotográfica envidiable, su padre tenía una cancha de tejo, deporte que practicamos varias veces acompañado de varias polas (cervezas). El proyecto fue aprobado y aceptado por la universidad y comenzamos a trabajarlo y como director de tesis fungió Ricardo Castañeda que trabajaba en Ecopetrol y fue avalado por la universidad.

Miguel Arenas, Jaime Lesmes y Jaime Salgado

A mí me salió un trabajo en Barranquilla como jefe de sistemas en la empresa Remaches Industriales, así que me tocó trasladarme y adelantar la tesis a control remoto. Nuestro trabajo en equipo solo era posible cuando yo viajaba a Bogotá por asuntos laborales, lo cual hacía con cierta frecuencia. Era un proyecto bien demorado, porque solo avanzábamos cada vez que yo podía viajar; y aunque el proceso fue lento, debo confesarles que me vino bien… me sirvió como excusa para aplazar el matrimonio. Yo lo usaba de pretexto y le repetía al suegro, muy serio: “Yo me caso cuando me gradúe”.

En una de esas reuniones del proyecto en Bogotá, me di cuenta de que el avance había sido prácticamente nulo. Entonces le dije a Jaime Lesmes: “Es que tú tienes que reunirte con Miguel Darío”. Y para mi sorpresa, me contestó: “Vea hermano, yo lo único que tengo que hacer en esta vida es morirme; yo a este pingo lo llamo y no me contesta”. Ahí entendí que no solo era cuestión de viajes, sino de sincronizar agendas… y egos.

“Yo lo único que tengo que hacer en la vida es morirme”: Jaime Lesmes

La transcripción de la tesis se terminó en Barranquilla, en máquina de escribir. Se empastaron seis tomos, de los cuales tres fueron enviados anticipadamente a la Universidad. Nos preparamos para la exposición: diseñamos diagramas, hicimos diapositivas, conseguimos un buen proyector, compramos papel periódico para el papelógrafo y marcadores. Llegamos con tiempo a la Sede Central de la Universidad Distrital para organizar el salón y repasar la logística de la presentación del PITD. Todo iba según lo planeado, intercalándonos la introducción al tema central, hasta que el bombillo del proyector decidió graduarse antes que nosotros: se quemó, no había repuesto y no funcionó más. Fue entonces cuando emergió el verbo —y los nervios de acero— de Miguel Darío y Jaime Lesmes, quienes con marcador en mano improvisaron diagramas en el papelógrafo y lograron sostener la sustentación a pulso y tinta.

Después que se hizo la sustentación del proyecto y fue aprobado y calificado con buena nota, resultó que cuando hice los trámites para graduarme tuve un inconveniente, me faltaba una materia electiva de humanidades dado que como yo había llegado por transferencia desde la Universidad del Norte de Barranquilla no tenía su equivalente en el pensum así que me salió esa deuda a última hora, entonces yo no me pude graduar junto con Miguel Arenas y Jaime Lesmes.

Me tocaba validar esa materia para poder graduarme, me dieron el contenido del tema de la asignatura y me regresé a Barranquilla. Me tocaba estudiar para prepararme para la validación de la materia y cumplir así con el pensum exigido y poderme graduar. El tema era comunistoide pues el contenido abarcada leer El Capital, el Manifiesto del Partido Comunista,  El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, todas las teorías de Carlos Marx y Federico Engel. Para mí era difícil entender rápidamente esas teorías siendo empleado jefe de sistemas y capitalista. Acudí a la sapiencia de mi amigo Carlos Julio de las Salas, nervitisano que había estudiado en la Universidad del Atlántico y era entendido en esos temas y entonces me ayudó haciéndome un resumen de todos esos libros abarcando todos los temas que me tocaba estudiar.

Viajé a Bogotá para validar la materia y después de hacer antesala entré a la oficina del profesor. Hicimos un corto cruce de palabras protocolarias y enseguida me dijo:

“Te veo nervioso”

Y yo le dije “Sí, estoy un poquito nervioso”

Me brindó un cigarrillo y me dijo:

“Por tu acento te identifico como costeño”

“Sí, yo soy de Sincelejo”

“Ah yo soy de Santa Marta”, sentí un fresco y aspiré profundamente una copiada del cigarrillo.

Entonces me dijo “¿Estudiaste mucho?”

“Sí, yo estudié”

“¿Qué fue lo que más te llamó la atención de lo que estudiaste?”, me preguntó.

“Bueno, el paso del feudalismo al capitalismo”, le contesté con algo de duda.

“Listo Jaime, primer punto, explique cómo fue el paso del feudalismo al capitalismo” y continuó “después qué otra cosa te pareció interesante”

Le mencioné otro tema “la propiedad privada y la plusvalía” y me dijo “segundo punto, explique cómo fue el nacimiento de la propiedad privada y la plusvalía” y así aconteció con el tercer y cuarto punto.

Me demoré en comenzar asombrado de que el cuestionario para aprobar el examen lo había elaborado yo, me costó trabajo ordenar mis ideas que me lo impedía el bloqueo mental en que estaba, al final, por supuesto lo gané con una nota excelente completando así el pensum académico para optar el título de ingeniero de sistemas y tal vez el primero de las sabanas sucreñas.

Como yo vivía y trabajaba en Barranquilla organizaba viajes de trabajo al altiplano y los aprovechaba para lograr graduarme, a veces era difícil porque los grados eran el último viernes de cada mes. Cuando coincidía, nunca dejó de presentarse inconvenientes que impedían que me graduara, que la muchacha que marcaba los diplomas se enfermó, que no había tinta, que no había cartón, que no había cuórum, en fin, un día de esos fallidos, fui a una notaría con mi amigo y compañero de tesis Jaime Lesmes y ante el notario lo autoricé que recibiera el diploma que me acreditada como ingeniero de sistemas otorgado por la Universidad Distrital. El 24 de julio de 1.981 se celebró la ceremonia de graduación en el Planetario de Bogotá, dentro del Parque de la Independencia, y Jaime Lesmes presentó su credencial y recibió mi diploma de manos de Hernando Durán Dussán, alcalde de Bogotá de ese entonces.

En mi siguiente viaje a Bogotá aproveché y recogí mi diploma en una cafetería en donde Jaime Lesmes me lo entregó en compañía de Miguel Arenas.

Cuando ya nos despedíamos, yo tenía abrazado mi diploma dentro de la envoltura cilíndrica de grueso cartón, y mi amigo Miguel Arenas me dice:

“A este diploma le faltan las firmas del Presidente de Tesis, Presidente del Consejo Superior, Ministro de Educación Nacional y Secretario del Ministerio de Educación y su respectivo registro entonces déjamelo y yo te hago el favor de diligenciar todas las firmas que hagan falta”

“Qué detallazo” pensé. El ofrecimiento lo acepté porque yo vivía en Barranquilla y se lo entregué en presencia de Jaime Lesmes.

Todo fue bueno hasta ahí, después de un tiempo se armó la de Troya pues en cada viaje que yo hacía a Bogotá no pude recuperar mi diploma.

Migue, entrégame el diploma

Una dura prueba que pasó mi amistad sincera con Miguel Arenas pues fue larga la espera que tuve para que me entregara mi diploma profesional, que después de haberlo recibido por allá en el año 1.981, las firmas ni el diploma aparecían.

“Migue mira que mi mamá Hilda Rosa quiere colgar el diploma en la casa”, era en vano la súplica, me desesperaba porque mi diploma de bachiller de la promoción 1.971 lo recibí por ventanilla y quería darle la satisfacción de por lo menos que colgara mi diploma profesional en la casa, ya que tampoco pude tener ceremonia de grado profesional.

Mi hija mayor Marcela Carolina se fue a estudiar a Bogotá comunicación social a la Universidad Javeriana. Cuando iba a visitarla, aprovechava e iba con ella a visitar a Miguel Arenas. “Migue mi hija mayor, Marcela Carolina se va a graduar, va a tener su diploma y yo no”, súplica que se llevó el viento frío bogotano.

Mi segundo hijo, Jose Carlos, también se fue a estudiar a Bogotá administración de empresas a la Universidad Javeriana. Cuando iba a visitarlo, aprovechava para que me acompañara a visitar a Miguel Arenas, en algunas ocasiones, incluso fuimos con Marcela Carolina también. “Migue mi único hijo varón Jose Carlos, el príncipe, se va a graduar, necesito mi diploma”, ni porque fui a visitarlo varias veces y planeaba con Jose Carlos emborracharlo para traernos el diploma, no lo pude conseguir.

Cuando mi hija menor Natalia fue a estudiar a Bogotá administración de empresas a la Universidad Javeriana, Miguel Arenas se había ido a vivir a Miami (EU), así que no pude ablandarle su corazón con la visita en compañía de Natalia.

En octubre del 2.012 aprovechando mi visita a mi hija mayor, Marcela Carolina, me encontré con Miguel Arenas y qué sorpresa, 31 años después me entregó en la ciudad de Miami el diploma majestuosamente enmarcado. Le perdoné todo a pesar de que al diploma le seguían faltando las firmas, mi madre había muerto y mis 3 hijos ya se habían graduado y no les pude decir “deben conseguir un diploma como el mío”.

Para la fecha del 29 de octubre de 2019, recordaba que se cumplían 50 años del envío del primer mensaje a través de una prehistórica Internet. Ocurrió el 29 de octubre de 1969, apenas tres meses después de la famosa pisada de Neil Armstrong en la luna. Era otro gran salto para la humanidad, pero, a diferencia del alunizaje, no hubo alaraca ni fanfarrias; en ese momento nadie alcanzaba a imaginar el impacto que tendría décadas más tarde.

El ingeniero estadounidense Leonard Kleinrock (Nueva York, 1934) fue el artífice de ese primer intercambio digital, desde su despacho en la Universidad de California (UCLA), en Los Ángeles. Kleinrock concibió un sistema de transmisión de información que dio origen a ARPANET y logró intercambiar un mensaje con su colega Charley Kline, quien se encontraba a 500 kilómetros, en el Stanford Research Institute (SRI). El mensaje buscaba enviar la palabra login a través de una red de 50 Kbps. Sin embargo, el primer intento falló: solo llegaron las letras l y o. El proyecto, inicialmente de carácter militar, avanzó con el tiempo hasta evolucionar en lo que hoy conocemos como la World Wide Web (www). El propio Kleinrock recuerda: “Cuando era estudiante, estaba rodeado de ordenadores y supe que algún día tendrían que comunicarse entre ellos. Fue un desafío de ingeniería fantástico. Eso sí, jamás imaginé que en esa red pudieran estar mi madre y mis nietos al mismo tiempo. La idea de las redes sociales nunca se me ocurrió”.

Para octubre de 2019 también se cumplían 41 años de la primera prueba en Colombia de transmisión de datos entre computadores de diferentes marcas. Fue en octubre de 1978, en Bogotá D.E., 9 años y tres meses después de la llegada del hombre a la luna. Y, como en el caso de ARPANET, tampoco hubo celebraciones ni titulares, porque el impacto de ese experimento se revelaría solo con el paso del tiempo.

Los futuros ingenieros Miguel Arenas Leyva, Jaime Lesmes Rodríguez y yo trabajábamos entonces en nuestro proyecto de grado para optar al título de Ingenieros de Sistemas y Computación en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Nuestro objetivo era ambicioso: implementar un programa que emulara el protocolo Remote Job Entry (RJE) del computador Burroughs B-6700. El RJE permitía que el sistema central se comunicara con terminales y dispositivos periféricos. Buscábamos que nuestro emulador, residente en un minicomputador Texas Instruments TI-990, actuara como si fuera una terminal Burroughs, logrando recibir y transmitir datos. A este proyecto lo bautizamos con las siglas PITD: Proyecto Intercomunicador y Transmisor de Datos.

El emulador añadía caracteres de control al mensaje según el protocolo RJE, para que el Burroughs lo reconociera, y a su vez interpretaba los caracteres recibidos desde el equipo central para extraer el texto. Ambos computadores eran estadounidenses: los Burroughs se distribuían a través de Burroughs de Colombia, y los Texas Instruments mediante Texins de Colombia. Miguel Arenas trabajaba en Burroughs y yo en Texins, lo que facilitó obtener autorización de ambas gerencias para realizar las pruebas.

Tras estudiar a fondo los protocolos de comunicación de ambos sistemas, trasladamos el minicomputador TI-990 a las oficinas de Burroughs de Colombia, donde Miguel nos esperaba en un salón acondicionado. Fabricamos un cable especial para conectar físicamente los equipos, dispuestos a solo tres metros de distancia. El protocolo empaquetaba los datos con caracteres de control al inicio y al final. El programa receptor debía interpretar ese protocolo y emular al dispositivo propio para recibir el paquete correctamente.

El primer intento consistía en enviar la palabra PITD. Pero, igual que en UCLA, no funcionó: el TI-990 no recibió nada. La causa estaba en la diferencia arquitectónica entre los equipos: el Burroughs B-6700 tenía una arquitectura de pila derivada de ALGOL, mientras que el TI-990 usaba una arquitectura segmentada. Como artífices del proyecto, nos dedicamos a fragmentar los mensajes, validar controles verticales y horizontales, y depurar el proceso hasta que finalmente logramos transmitir y recibir paquetes de datos en ambos sentidos.

Hoy, como veteranos ingenieros, solemos decir: “Cuando éramos estudiantes, soñábamos con que los equipos de diferentes marcas pudieran conectarse y que todo dispositivo pudiera comunicarse con cualquier computador, sin importar su fabricante. Hoy existe una verdadera promiscuidad tecnológica: todos los aparatos se hablan entre sí… y no sabemos si nuestra idea aportó un granito de arena para que eso sucediera”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *