Era una perra

¡Qué va! Si yo cuando apenas era un pelao de diez y seis años, ya era muy animoso porque a mí no me asustaba cualquier cosa vana o pendeja, no le tenía miedo a nada ni a nadie, sobre todo cuando me tomaba algunos tragos me sentía como Superman y desafiaba incluso hasta a los que estaban tomando y cantando conmigo en las parrandas. Era tan arrestado que en varias ocasiones pasaba de pura maldad por el callejón de Lucho Barrios, en Nervití (Bolívar), para ver cuál era el cuento ese de la mica prieta que se aparecía y le brincaba a la gente. En otras ocasiones el arrojo me hacía caminar a medianoche por todo el frente del cementerio, cuando a nadie se le daba por pasar por allí porque decían que salía una mano peluda.

Como ya lo dije, a mí no me asustaba nada, pero como apenas era un muchacho, yo todavía vivía en la casa de mis padres que tenía la placa 11-39 en la calle del medio; porque Nervití para esa época contaba con cuatro calles reconocidas: La Calle del Río (la cima del barranco), La Calle del Medio, La Calle de Atrás (la siguiente) y La Calle de más Atrás. La casa estaba construida sobre una base por encima del nivel del río Magdalena de manera que para salir de ella uno tenía que pasar por la puerta principal, luego venía una terraza cubierta, después había un pasadizo que tenía hacia ambos lados unos preciosos jardines que mi madre cuidaba con mucho esmero, de ese pasadizo se bajaba a un escalón, de este se descendía al sardinel y del sardinel a otro escalón para bajar a la calle que era angosta y en tierra pelada. Calculando a ojo, la altura desde la calle hasta la cima de la verja era como de metro y medio, y la distancia desde el pretil hasta la terraza le pongo como dos metros.

Esa noche apenas pasaba por la puerta, mi mamá me dijo, -No vayas a llegar muy tarde. Más adelante cuando estaba atravesando la terraza me ordenó que le pusiera el cerrojo a la puerta de la verja, y cuando estaba poniendo el cerrojo me advirtió:

  • Acuérdate que yo le pongo candado después de las diez de la noche.

Luego salté del sardinel al escalón y estando en la calle me gritó asomándose desde la ventana de su habitación:

  • No vayas a pelear con nadie esta noche.

Pero no hice caso y me fui derechito para la cantina y billar que El Cuco tenía en el callejón que quedaba en el barrio arriba, al frente del cementerio.

Cuando llegaba después de 10 pm encontraba la puerta cerrada con candado. Yo tenía que hacer piruetas para volarme la paredilla de la puerta falsa. Primero poner los pies encima de una de las figuras de hierro que adornaban la verja y luego hacer de equilibrista de circo para mantener la estabilidad en ese sendero peligroso y caminar hasta llegar a la pared de la puerta falsa que al volármela accedía al patio y luego entrar a mi cuarto y así no tener que llamar a mi mamá para que me abriera.

Pensándolo bien, ahora que ya estoy grande con estos setenta y siete años que tengo encima creo que esa animosidad era para hacerme sentir el más poderoso del pueblo. Me vine a dar cuenta de que era así cuando veía que mientras estaba bueno y sano, cantando y tocando mi acordeón con mis amigos y vecinos, todo el mundo estaba con la gozadera; pero cuando me veían que ya estaba medio borracho, la gente incluidos mis amigos y familiares se iban y me dejaban solo, para evitar que yo les pusiera problema y me fuera a puños con ellos.

Siendo poco más o menos como las once y media de la noche, con algunos tragos en la cabeza,  resolví volver a mi casa sin haberme trompeado con nadie, la noche estaba como dice la canción serena, solo la iluminaba la luna porque en esa época no había luz eléctrica en el pueblo, pasé tranquilo por la iglesia y sin ningún miedo por las casas que un tiempo después desaparecieron con la subida de la creciente en el año 1976, y que por eso ahora a ese sector le llaman El chorro, porque ese era el chorro de agua que el río había hecho allí. Pero cuando pasaba por el frente de la casa de Castorina, que quedaba como a tres casas de la nuestra, vi salir del callejón una perra luminosa que venía del lado del río, esta era toda una señora perra grande y de un blanco tan resplandeciente que me encandilaba, y tan reluciente como esas lámparas de luces fluorescentes que se le veía el destello de las luces.

Era tan real este animal que yo sentía cuando me rasguñaba con sus patas que puso en mi pecho y en mi hombro. Hasta ese momento no sentí ningún miedo, al sentírmela encima lo que hice fue defenderme, le tiraba trompadas, patadas y rodillazos. Sentí que mis puños, rodillas y pies no hacían contacto con su cuerpo, sino que la traspasaban y no la detenía, nunca la encontré. Era un fantasma. Entonces allí sentí el miedo más grande de mi vida, cuando le vi sus ojos encendidos se me pararon los pelos y no tuve otra cosa que hacer sino darle la espalda a la perra y salir corriendo hacia la casa, pero la perra seguía detrás; sentía sus pisadas, su resuello a mi espalda, y fue tan grande mi susto que desde la calle cerca del sardinel me di cuenta de que no me daba tiempo de abrir la reja entonces pegué un brinco que con una sola trancada pasé por encima de la verja de hierro y caí en el piso de la terraza todo despavorido, o sea que me volé la verja sin ni siquiera rozarla.

Fue tan grande el estrépito de mi caída y los alaridos de terror que lanzaba que desperté a mi mamá y a mi papá quienes me preguntaron:

  • ¿Qué pasa mijo, con quien te peleaste ahora?

Todo temeroso y asustado, casi llorando del miedo, les dije:

  • Pamío, Mami, me salió una perra, y ahí viene a cogerme.

Entonces salieron mi papá y mi mamá a buscar la perra, pero no apareció.

Pero cuando entré a mi habitación todo sofocado y sin respiración se me dio por asomarse por la ventana que da para el patio y en medio de la oscuridad veo de nuevo a la perra con los ojos encendidos, me privé inmediatamente y me revivieron con un balde de agua.

Cuando me recuperé mi padre me preguntó con su carita de burla, la que todo el mundo me hace cuando narro esta historia:

 –Ajá mijo, ¿y tú porqué sabes que era una perra, fue que tuviste tiempo de verle el sexo?

Yo no le vi el sexo, pero cuando digo que era una perra, es que era una perra.

A pesar de que no quería que se propagara el cuento y resultó que fue conocido por todo el mundo en el pueblo de Nervití y hasta en el Real del Obispo, San Agustín y Tasajera. Algunas personas por pereque o “rabiecita” que tuvieran cuando me veían pasar me gritaban:

  • Hey Dol te sale la perra
  • Sí, la perra de tu mae-si estaba puyao les contestaba y si respondían, ahí nos enmancornábamos.

Eso se repitió como tres veces, después me dejaron quieto o sea me cogieron miedo (burro borracho), porque bueno y sano todo mundo me abrazaban y me abrazaban todavía por lo que todo Nervití me quiere así loco como en todas partes todo mundo quería a Diomedes Díaz.

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