Tobías Enrique, ha muerto…

El martes 5 de septiembre 2.006, mi hija menor Natalia, dueña de Tobías Enrique, un cariñoso perro de raza French Poodle, me llamó en la tarde a la oficina, prendida en llanto me comunicó la nefasta noticia que la acongojaba enormemente que me conmovió tanto, que confieso estuve a punto de llorar. Tobías Enrique había muerto. Como Ustedes podrán imaginar, la importancia de Tobías Enrique en la casa era inmensa, hasta el punto de pensar en medio de las diferencias entre el perro y yo, que él estaba primero y fácilmente yo podía salir deportado de mi casa por culpa del perro.

En el instante en que mi hija me comunicaba la noticia de su irreparable pérdida, hice un recorrido veloz de todos los episodios que viví con Tobi, incluyendo su atemorizado saludo que me daba cuando regresaba de viajes a pesar de mi indiferencia, entonces, llegué a la conclusión de que el perro era todo un personaje y el vacío que iba a dejar en la casa era inmenso pues con su jugueteo y su bulla hacía presencia muy notoria: si alguien timbraba en la puerta de entrada, ladraba (menos a mi llegada), si pasaba un basuriego ladraba, si mis hijos llegaban a la madrugada ladraba (cosa que puso en peligro su vida por los zapatazos que le dieron por el develo de la llegada tarde ante una impaciente y desvelada mamita Mabel), en fin era un vigilante al acecho de lo que perturbara la tranquilidad del hogar. Cuando mis hijos llegaban a casa, sobre todo Natalia, él se desbordaba en alegría que la expresaba en ágiles y elevados saltos y el consabido lamido de piernas, brazos y cara. Pienso que a pesar de todas las cagadas y meadas que hizo en mis reductos, Tobías Enrique nos va a hacer falta.

Cuando mi sobrino Alessandro comenzó a estudiar su carrera de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla, vivió en mi casa. Era un hermano más de mi hijo José Carlos y se entendían muy bien no sólo en el tema musical vallenato si no en asuntos de alimentación. Después de la cena, esperaban que Mabel y yo nos durmiéramos para entonces hacer sus pedidos a domicilio nocturnos de una enorme porción de Parmesana Pizza o de un suculento y abundante arroz chino del Dragón de Oro. Pero comenzaron a tener problemas serios con Tobi quien los delataba con sus estridentes ladridos cuando el domiciliario llegaba con el pedido. Olfateaba a la distancia la llegada de los alimentos altamente sazonados.

Llamaban a la pizzería por dos large y a la persona que recibía el pedido le solicitaban que les pasar a el domiciliario, al principio un poco renuente no se los querían pasar hasta convencerlo. Ya ellos eran amigo del agente domiciliario. Le recomendaban que al llegar a la esquina de la carrera 53 con calle 87, a media cuadra de la casa, apagara la moto.

  • Te bajas, llegas a pie a la casa y sin timbrar, que yo te espero afuera – le completaban las instrucciones.

Todo esto porque Tobi era experto en sentir la llegada del domiciliario y con sus ladridos rápidos, agudos y continuos de alerta los podía delatar a eso de las 10 pm.

Sin embargo, la estrategia fallaba porque Tobi seguía olfateando los alimentos con su afinado sentido, por lo cual José Carlos se encerraba con Tobi en el cuarto del segundo piso, lo cargaba y cuando quería advertir la presencia del domiciliario, le apretaba el hocico con su mano derecha para evitar sus ladridos, pero no dejaba de intentarlo y trataba de soltarse con movimientos ondulatorios gimiendo desesperadamente.

Mientas tanto Alessandro bajaba con su morral de la Universidad para recibir el pedido y no despertar sospecha ante cualquier encuentro imprevisto. Recibía el pedido, lo pagaba y subía al cuarto con el morral a cuestas, no lleno de libros universitarios ni el computador portátil si no lleno de pizzas. Al llegar al cuarto descubrieron que tirándole dos lonchas de jamón a Tobi lo sobornaban y lo tranquilizaban mientras degustaban los alimentos pedidos.

Pera evitar que Tobi los delatara optaron por hacer el pedido directamente al restaurante. Salían de la casa con dos cucharas, iban a la tienda y compraban una gaseosa de un litro, llegaban al restaurante el Dragón de Oro y pedían dos cajas de arroz chino. En el mismo carro cada uno destapaba su caja de arroz chino y solo dejaban migajas que al llegar a la casa se las daban en consideración a Tobi.

Cuando mi pelea contra el perro la veía perdida siempre les dije a sus dueños con énfasis dos frases: ¡Cuiden al perro! y ¡Eduquen, eduquen al perro! ¿Porqué Cuiden al perro? Porque a pesar del cariño que le profesaban y la importancia que él tenía, muchas veces yo lo notaba descuidado en su aspecto, en el baño o en su comida especial. Y ¿por qué Eduquen, eduquen al perro? Porque se meaba y se cagaba en mis sitios preferidos de la casa, prácticamente me había dejado sin balcón, sin patio, sin sala y estuvo a punto de dejarme sin cuarto de estudio, imagínense, sin cuarto de estudio en donde están mis CDs de música siendo que ya está establecido que, en el evento improbable de un divorcio, Mabel se queda con sus hijos y yo con mis CDs. Ese fue el sitio preferido de Tobi para hacer sus necesidades, justo ahí, que por mis frecuentes momentos para escuchar música fui victima de pisar sus pestilentes necesidades hechas cerca del equipo de sonido justo por donde yo debía pasar para poner a sonar mi música predilecta, momentos que fueron truncados muchas veces por la ira que me daba después de pisar a pies descalzos sus porquerías que me hacían pensar que me iba a dar mazamorra o tétano. Hasta de ese terreno casi me desplaza, pues él lo marcaba como su territorio y hoy confieso que me eché una que otra meada en las maceteras esquineras decorativamente colocadas por Mabel, para así marcar el único territorio en donde yo mando en mi casa.

Cuiden, cuiden al perro, parece que no hizo tanto eco, pues por tratar de matar a un ratón con una presa envenenada, Tobi con el hambre del amanecer olfateó la presa escondida en un recoveco de la casa y se la comió, causándole la muerte horas mas tarde. Yo lo decía: cuiden al perro.

Tobías Enrique con la familia Salgado Calderón

Natalia, mi hija menor, no ha parado de llorar, menos mal que viene el día de amor y amistad y la está distrayendo un poco, me ha dicho con grandes lágrimas rodando por sus mejillas que quiere tener un sustituto de Tobi, y les confieso que, si esto se da, seré amigo del mejor amigo del hombre…. No aguanto una cagada más…

Oración de Tobi

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