DAVID DAHMEN

En mi último año escolar de bachillerato entré en el proceso de decidir en cuál carrera profesional incursionar. Yo estudiaba en el colegio público Instituto Nacional Simón Araujo en mi ciudad natal Sincelejo que, para ese entonces, además de ser la capital cebuista de Colombia, también era la capital del departamento de Sucre recién fundado el 18 de agosto de 1966. Yo quería estudiar algo raro, como astronomía para trabajar en la Nasa. La prueba de orientación vocacional descubrió, de acuerdo con mi perfil estudiantil, habilidades en 3 áreas: ingeniería de minas y petróleos, astronomía e ingeniería de sistemas.

Cuando visitaba la finca La Candelaria de mi abuelo paterno, había descubierto que si me asoleaba mucho, me daba dolor de cabeza, por lo cual descarté la ingeniería de minas y petróleos porque durante el ejercicio profesional habría temporadas largas a campo abierto a pleno sol según me lo contaba el ingeniero Pedro Martin, un pariente político por el lado de mis primos Bacci Gutiérrez, quien era un prominente y exitoso ingeniero de petróleos que cuando me refería sus historias del ejercicio de su profesión me fascinaban. La astronomía la descarté porque averigüé el costo para estudiarla en los Estados Unidos de Norteamérica y estaba por fuera del alcance de los recursos económicos de mi casa. Pues quedaba una carrera rara: la ingeniería de sistemas, para lo cual me presenté en la Universidad de los Andes en Bogotá y la Universidad del Norte de Barranquilla. A pesar de haber terminado mi bachillerato con buenas calificaciones, solo me alcanzó para pasar en la Universidad de Barranquilla, en donde vivían mis abuelos maternos. Mi tío Pedro Gutiérrez era amigo del rector José Tcherassi Guzmán y me recomendó, pero le dijo “que traiga unos buenos resultados del ICFES” para que yo ingresara. Yo era un bachiller sincelejano de la promoción 1971.

En la Universidad del Norte solo se podían cursar los dos primeros años básicos de la ingeniería para luego transferir a Bogotá a la Universidad de los Andes en donde tenía convenio para terminar el pregrado de ingeniería de sistemas. Cumpliendo los requisitos de promedio y evaluación transferí a los Andes en enero de 1974. Allí estuve tan solo un semestre, fue un semestre muy duro por el cambio de metodología de estudio y a pesar de haber pasado el semestre raspado, con el promedio mínimo exigido, fui sancionado junto con el grupo de estudio que presentamos un proyecto de optimización de la bicicleta para la materia Diseño Básico, el cual se fundamentó en una idea copiada de la revista Mecánica Popular y no señalamos la fuente. Cuando me avisaron de la sanción ya era tarde para ubicarme en otra universidad para continuar mis estudios. Mis amigos sincelejanos en Bogotá me contactaron con Emigdio Jarma, jefe de Control y Registro de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Me permitió ser estudiante asistente mientras hacía el trámite de transferencia. Después de presentar el examen de ingreso, antes de terminar el semestre fui convalidado y quedé como estudiante en firme de la Universidad Distrital. Cuando la Universidad de los Andes me levantó el castigo y me dio la orden de reingreso, hice todas las diligencias para regresar y de la propia fila para formalizar el reingreso me salí considerando que el pensum de la Universidad Distrital me había gustado más y en los Andes además de tener un pensum orientado más a la máquina y su sistema operativo, me exigían un promedio por encima de 4. No presenté los documentos y decidí continuar en la Distrital. Al finalizar el año 1977 mi amigo Jaime Villadiego y yo vivíamos en el mismo apartamento en Bogotá. Yo cursaba mi último semestre académico de la universidad que debía terminarlo en los primeros meses del año siguiente por aplazamientos producto de paros estudiantiles. Jaime Villadiego ya había comenzado a trabajar y me persuadía para que trabajara con él. Yo consideraba que estudiar y trabajar era muy pesado y a pesar de que mi padre Olegario ya había muerto, mi tío, el médico cirujano Walberto Salgado, me enviaba la mesada suficiente. Terminé convencido por el amigo y empecé a trabajar en enero de 1978 en Texins de Colombia, que distribuía los minicomputadores Texas Instruments. Jaime Villadiego era el subgerente comercial. Allí conocí, en el Departamento de Sistemas y Soporte de Clientes, a Daniel Visbal y a Víctor Hugo Rojas, ambos muy buenos profesionales siendo Daniel el más genio. Entré en la difícil labor de Coordinador de ese par de genios, pero con ellos aprendí mucho para comenzar a poner en práctica lo aprendido en la universidad, en medio de trasnochos, pepsicola sin hielo, sándwich de atún caliente y el intenso trabajo. En momentos de descanso pude compartir y decirles que yo prefería no quedarme a vivir en Bogotá cuando terminara de estudiar la carrera. A pesar de haber tenido una linda experiencia de estudiante en Bogotá, yo había sentido que allá era un simple número de una cédula y que yo prefería ser el hijo de la niña Hilda en Sincelejo. No sentía solidaridad de vecino. Ni amabilidad. Había tanta frialdad en la gente como frío en la capital. En Texins trabajé en la implementación de un programa para el departamento de planeación de Avianca con jornadas nocturnas, que era el tiempo que nos asignaban a Víctor Hugo y a mí, para hacer las pruebas. Siempre era de amanecida forzosa pues quedaba en un sector desolado de la avenida El Dorado, casi llegando al aeropuerto, los taxis no iban a recogernos y era peligroso tomarlo de la calle.

Tarjeta de presentación de Texins

Para el segundo semestre del año 1978 ya había terminado materias del pregrado de ingeniería de sistemas en la Universidad Distrital de Bogotá. En el mes de agosto me cambié de empresa y comencé a trabajar en Provedatos Limitada como analista de sistemas, eran clientes de Texins y prestaban servicios de sistemas. A finales de noviembre, en una mañana lluviosa de la capital, recibí una llamada de mi exjefe Daniel Visbal:

  • ¿Tú todavía sigues pensando que Bogotá es muy grande y que te sientes un número aquí? – me dijo después de saludarme.
  • Claro que sí, todavía – le respondí con tono socarrón.
  • Bueno, tienes una entrevista a las 2 de la tarde en mi oficina – me avisó como dándome una orden de jefe.

Afortunadamente ese día estaba de saco y corbata y con mi camisa Rathzel y a la hora señalada me encaminé a la oficina de mi exjefe con el susto que infunde una incertidumbre, pero con la suerte que a la entrada tuve un encuentro con Lucho Zapata, conocido mío porque en mis dos años de ingeniería básica estudiados en la Universidad del Norte él había sido mi monitor de un par de materias. Después de un afectuoso saludo, Lucho es muy jovial, me infundió ánimos y confianza, mientras me invitaba a seguir:

  • Hola Jaimito, ¿cómo estás?
  • Bien Luis
  • Estoy trabajando en Barranquilla en Remaches Industriales y mi jefe quiere hablar contigo.

Ya dentro de la oficina, Daniel Visbal me presentó al futuro contratante:

  • Jaime te presento al señor que te va a entrevistar.
  • Mucho gusto, soy David Dahmen – me dijo el señor con acento extranjero quien al ponerse de pie pude medir su gran altura, casi 1.9 metros, su calvicie prematura lo hacía ver mayor siendo un hombre cuarentón, me recibió con una gran sonrisa de niño precoz ocultando un poco sus ojos azules al tiempo que me extendía su mano de saludo.
  • Mucho gusto, Jaime – fue lo único que pude balbucear mientras deglutía una secreción salivar repentina.
  • Los dejo solos para que puedan hablar – dijo el exjefe Daniel Visbal haciéndome un sensible guiño de ojo, como diciéndome “ya te recomendé lo demás queda de tu parte”

Al iniciar la entrevista con David Dahmen, deduje que inconfundiblemente era una persona extranjera, que a pesar de notársele enredado su hablar lo hacía con un castellano fluido y sin pena. Era todo un gringo pensé, no en forma despectiva porque en Sincelejo habíamos tenido intercambios culturales con la ciudad de Ocala del estado de la Florida de Estados Unidos de América y los gringos que nos visitaban tenían un estereotipo de altos, rubios o pelirrojos, colorados, pecosos, ojos azules, masticadores de chicle, con una cultura distinta y hablando mal el castellano, tenían el mismo molde. Si en la excursión venían señores mayores, los denominábamos Místeres. David Dahmen lo identifiqué como un Míster. El acento del estadounidense hablando en español no me sonaba bien, no me gustaba. Yo había logrado distinguir diferentes acentos que algunos como el mío, costeño sucreño, le tenían prejuicios culturales que la sociedad había inculcado incluso al acento cartagenero siendo más seco y golpeado; había la idea de que en la costa el acento barranquillero significaba refinamiento cultural mientras que la nuestra era señal de una falta de cultura o inteligencia, era de corronchos. El acento del gringo me sorprendía porque confundía lo masculino con lo femenino y lo hablaba sin pena, sin importarle lo poco ridículo que se escuchaba. Conjugaba mucho verbo en presente. Hablaba como un gringo, como los del intercambio cultural de verano en Sincelejo. No se esforzaba por corregir el pronunciamiento correcto de las palabras con erre y las vocales las alargaba. David Dahmen en su lenguaje enredado me explicó que el barranquillero Daniel Visbal le había implementado unos programas que se procesaban en computador alquilado por tiempo de uso en la empresa IBM Services ubicada en el edificio Avenida frente a los almacenes Sears. Manejaba la contabilidad general y el control del inventario de materiales de suministros. Me informó que acababa de cerrar el negocio de la compra de un minicomputador y la idea inicial era migrar los programas propios desarrollados en lenguaje de programación COBOL que se ejecutaban en un equipo IBM para que se pudieran procesar en el nuevo minicomputador Texas Instruments. Ya yo había conocido el nuevo equipo durante el tiempo trabajado en Texins, pero con el lenguaje BASIC. Al final me ofreció un salario de $36.000 pesos mensuales. Yo me ganaba en Provedatos $4.200.

  • Acepto la propuesta – dije sin pensarlo dos veces.
  • Bueno James, firmar aquí – David Dahmen sacó de su maletín grande de cuero, color natural, un formato Minerva de contrato individual de trabajo a término indefinido de color rosado pálido como mi semblante.
  • Además de las prestaciones sociales legales, tener una prima extra de vacaciones, una prima extralegal en junio y otra en diciembre, así como la entrega de un mercado básico mensual, bono de gasolina, el pago es semanal y le ofrezco bono por cumplimiento de metas – no me dejaba hablar.
  • Pero yo estoy trabajando en estos momentos y debo pasar mi carta de renuncia con anticipación y la ley contempla un preaviso de 30 días mínimo – por fin pude hablarle en medio de la lluvia de prebendas.  
  • No me importa, firme aquí el contrato para comenzar el 1 de diciembre.
  • Por otro lado, yo terminé académicamente mi carrera, pero estoy haciendo mi tesis de grado para optar el título de ingeniero de sistemas y computación – le informé como para lograr cumplir el preaviso.
  • Cuánto tiempo necesita para organizar el tema de la tesis de grado – me dijo poniéndome contra la pared.
  • Dos meses.
  • Bueno firme aquí y presentar en Barranquilla en febrero del año entrante – me dijo con decisión el gringo.
  • Además – continuó – tome $6.000 para los gastos de mudanza.

Así firmé en Bogotá un contrato laboral en blanco para comenzar a trabajar en la empresa Remaches Industriales S.A. de Barranquilla a partir del 1 de diciembre 1978. En la noche pensaba en la sincronía del mundo de haberme puesto al gringo en mi camino y de la fuerza de mis palabras “yo no me quiero quedar a vivir en Bogotá porque aquí me siento un número”. Sin redes sociales pude vivir intensamente el momento y sentía con seguridad absoluta que había hecho un buen trato y que me había entendido con el gringo a pesar de que me había dicho “firme la contrata”.

Llegué a Barranquilla el 1 de febrero de 1979, víspera de carnaval. Contaba con 25 años cumplidos y un futuro por delante. Me dirigí a la Carrera 74 No. 75-61, dirección de Remaches Industriales en donde tenía cita con Lucho Zapata, quien serviría de anfitrión. Después de una calurosa bienvenida en la entrada de las oficinas que se accedían por una pequeña escalinata que daba a una puerta gris que tenía en la parte superior interna un gato hidráulico fuerte que hacía difícil el acceso, me presentó al primero del recorrido, Alberto Campo quien manejaba la caja principal y vi que se puso de pie con cierta dificultad. Luego entramos al área en donde se registraban en unas tarjetas de cartón flexible los movimientos contables y de inventarios. Sería mi futura oficina que la denominaríamos Departamento de Sistemas. Allí conocí a Carmen Alicia Martinez la encargada de la sección y quien de ahora en adelante sería mi asistente. Fuimos un momento a la oficina de Lucho y me hizo la presentación de la empresa. Primero inició con una breve reseña histórica de la empresa que había sido fundada por los años 60 después que David Dahmen había visitado Barranquilla al finalizar la década del 50 y vislumbró oportunidades de negocios. David Dahmen un norteamericano originario de un pueblo cercano a Nueva York después del bachillerato habría ido a Boston a estudiar licenciatura de matemática pura en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT – Massachusetts Institute of Technology). Este joven emprendedor se presentó a Barranquilla con maquinaria traída desde el país del norte y llegó acompañado para la aventura de un socio, su amigo Jay Jutari.  Comencé a conocer aún más a Lucho Zapata como un tipo conversador y exagerado en ciertos pasajes del recorrido. Una vez finalizada la reseña pasamos por el área de dibujo equipada con tres mesas de madera especiales para el dibujo técnico y a escala de los troqueles y repuestos de las máquinas de fabricación, allí estaba un joven de barba cerrada no abundante con sonrisa de niño, era Valdmiro Donado, a su lado Juan Lakat quien era el líder de los dibujantes y detrás, Humberto Varela un muchacho de Malambo (Atlántico) de ojos achinados, cabello negro y lacio y pómulos altos y puntiagudos como descendiente de los aborígenes del cacique Mokaná. Seguidamente conocí al señor Luis Fuentes, subgerente y a su secretaria Maria Lakat, mujer de cabello largo y negro, cejas pobladas y de mirada triste. En esa misma oficina tuve un reencuentro con Shirley de la Hoz quien había vivido una temporada en Sincelejo y nos habíamos conocido, era asistente de gerencia apoyada en su dominio del inglés. La siguiente oficina, la del fondo, estaba separada por un ventanal amplio de vidrio en donde divisamos a Mike Spivak, de barba, segundo al mando, con un español mucho mejor pronunciado y fluido. Cuando yo llegué a trabajar a Remaches Industriales, el socio Jay había regresado a los Estados Unidos y fue reemplazado por Mike Spivak encargado de la parte administrativa y comercial.  Al lado estaba la oficina de David Dahmen. Luego pasamos a contabilidad accediendo al departamento por un pasadizo usado como archivo de documentos y muy caluroso por el desfogue de los aires acondicionados de pared que botaban el aire caliente. Enseguida a la entrada me presentó a Gloria Van Eps de Juliao y a su secretaria Idalis Meléndez. Vecina de escritorio conocí a Mariela Mendoza quien trabajaba en la sección de costos de producción y un tiempo después fuimos vecinos en el conjunto residencial Marbella. A 5 pasos conocí al jefe de contabilidad, Alberto Molino y a su trabajador de confianza Humberto Arellana. También conocí a Orlando De la Rosa, liquidador de nómina.

Antes de finalizar el recorrido por las oficinas, que no eran tan grandes, procedí a apuntar el número de teléfono de la empresa: 353-1127 que atendía Ruth Castañeda de Elías, la recepcionista. Después me condujo a la planta, pasando primero por la oficina del jefe de producción, Ismael Quintero y conocí también a su secretaria Libia de Escobar. La planta estaba colocada dentro de unos inmensos galpones de techo alto sostenidos por una fuerte infraestructura metálica. Caminaba con cuidado por ese piso impregnado de grasa y lleno de muchas máquinas.

  • Esta sección es Remaches – me dijo Lucho.
  • Este es la mano derecha de Ismael, se llama Benjamín Herrera – me presentó a un hombre delgado, sucio de grasa con una sonrisa amplia y sonora que siempre mostraba su diente de oro, caminaba patuleco, cojeando, nunca supe qué le había pasado.

En el camino nos tropezamos con Pedro Anillo jefe del área de la fábrica de remaches POP, usados como método de fijación permanente de dos piezas metálicas.

Luego me pasó por otro sector en donde se procesaba la materia prima que era el insumo para producir los tornillos, remaches y demás productos. Los materiales más utilizados eran el aluminio por su baja densidad y su alta resistencia a la corrosión en este medio barranquillero, en esta área hacían ciertas aleaciones para aumentar su resistencia. Y también era muy usado el acero el cual lo compraban en rollos de alambres que en esta área podían hacerle reducciones a su diámetro para la producción de los diferentes tornillos.

  • Esto es otra empresa que se llama Alambres Industriales.

Enseguida pasamos a otra área en donde se fabricaban los ojetes.

  • Esta es otra empresa que se llama Negocios PCI – me dijo Lucho mientras caminaba con un ligero paso corto.
  • ¿Y esas siglas?
  • Plymouth Company Inc

Aquí conocí a Orlando Parada, un empleado con pelo liso, peinado finamente con lechuga, un gel fijador, Jesús Barraza con barbita de chivo, y Wilson de las Salas.

  • En esta otra área se fabrican los troqueles que usan las máquinas para fabricar los productos, son moldes hechos a la medida, esta empresa se llama COMA (Constructora de Maquinarias y Accesorios).

Aquí conocí a su jefe, Sigifredo de las Salas, un hombre flaco y circunspecto, era hermano de Wilson. En este punto del recorrido había llevado mi asombro a tope. Pensaba en el compromiso tan grande que tenía porque veía una empresa grande a la que de pronto no hubiera aspirado a trabajar inicialmente.

  • Pasemos por aquí por el almacén para que conozcas al Gordo.

Aquí conocí al jefe del almacén, Carlos Sarmiento, bien ganado el remoquete de gordo. Me explicó que allí se almacenaban todos los suministros y se entregaban de acuerdo con las solicitudes hechas por los jefes.

De allí pasamos a las oficinas de mantenimiento de todas las empresas. Al entrar a la oficina percibí un olor fuerte que se acentuó cuando me presentó a Sebastian Pérez, un español jefe de mantenimiento, con un cabello al igual que el de Parada peinado con gomina. Allí mismo conocí al electricista Carlos Monserrat. Al lado quedaba la sección de empaques y despachos de productos. La mayoría del personal eran mujeres entre las que recuerdo que conocí a las hermanas Fulvia y Myriam Palomino.

De último, Lucho Zapata me mostró una cancha grande de piso de arena, era una cancha abierta, adecuada para jugar al fútbol. Me explicó que David Dahmen patrocinaba un equipo de fútbol de la empresa y organizaban campeonatos interempresariales que incluso el gringo jugaba más con pundonor competitivo que por ser eximio jugador. Al día siguiente, viernes de carnaval, con la ayuda de Carmen Alicia comencé a estudiar y entender los procesos y programas que había. Además de su escritorio existían dos máquinas inmensas que ella manejaba. La primera era una máquina eléctrica perforadora de tarjetas modelo IBM Typewriter Card Punch, que con un patrón definido permitía registrar unos datos mediante unas perforaciones en la tarjeta que servían para ingresar información al computador IBM el cual interpretaba las perforaciones con un lector de tarjetas perforadas y así registrar las transacciones al sistema de contabilidad general o al de control de inventarios.

Perforadora de tarjetas

La otra máquina eléctrica era la IBM Card Verifier, que permitía verificar si los datos registrados mediante perforaciones en las tarjetas estaban correctos. A Carmen Alicia le tocaba digitar nuevamente los datos y la máquina comprobaba si los datos habían sido ingresados correctamente. Si no, la máquina emitía un sonido además que encendía una luz roja para indicar la inconsistencia. Carmen Alicia iba todos los lunes a IBM Services con sus cajas llenas de tarjetas, realizaba los procesos de actualización y en dos horas regresaba con el Kardex de inventarios actualizado. El resto de la semana se la pasaba perforando tarjetas y verificándolas. Mensualmente pedía turno en IBM Services y llevaba las cajas con las tarjetas de los movimientos contables, realizaba los procesos de actualización y al medio día regresaba con los estados financieros y los movimientos de cuentas. A todo este proceso le hice un seguimiento para ir entendiendo funcionalmente las dos aplicaciones.

Al poco tiempo llegó el nuevo minicomputador TI-990 con sistema operacional DX10, dos unidades de disco duro removibles de 25 megabytes cada una, unas 10 pantallas modelo 911 y una impresora de punto modelo 810. Después de entender el proceso contable busqué la forma de pasar digitalmente los programas del equipo IBM al TI-990, así no me tocaba transcribir ese código sino adaptarlo pues había sido escrito por el exjefe Daniel Visbal en lenguaje IBM System/360 COBOL y se necesitaba en COBOL ANSI-74 para que operara correctamente en el nuevo equipo. Entonces mi trabajo de desarrollar aplicaciones para que operaran en el nuevo minicomputador comprado en Bogotá lo inicié con la conversión del programa de contabilidad general. Además de entender la parte del proceso que hacía Carmen Alicia me tocó tener sesiones de trabajo con el contador Alberto Molino para entender y recordar los principios contables aprendidos en la universidad. En esta parte la participación de David Dahmen era poca, él me hablaba de cosas nuevas que quería implementar. Aquí poco a poco fui conociendo a Carmen Alicia Martínez quien me llevaba unos 10 años y había estudiado algo de programación y con eso se defendía en el proceso de ejecución de los programas. Era una mujer muy organizada y correcta. Seguía las instrucciones al pie de la letra. Mujer menuda con una cabellera abundante siempre bien arreglada, era muy vanidosa, cuando llegaba a la oficina tenía un ritual de arreglo personal que incluía untarse crema de manos. Tenía mal genio, afortunadamente siempre lo usó a mi favor y el día que quiso explotar contra mí, prefirió encerrarse en el baño para llorar y darse contra la pared. Estaba separada y había quedado con un niño que era el todo para ella y, además, vivía con su mamá, de quien heredó su poca estatura, quien le ayudaba en la crianza del hijo. Para ese entonces convivía con el griego Constantino Sideris quien vivía en Cartagena. Se visitaban mutuamente los fines de semana y en ocasiones Sideris pasaba temporadas en Barranquilla por labores de trabajos de refrigeración que era su oficio.

Poco a poco me fui acostumbrando al horario de trabajo de oficinista y a la cultura empresarial. Aunque por el proyecto en el que cabalgaba mi horario era una mezcla del de oficina y el de planta, casi no paraba. Me había traído el campero Land Rover de mi casa en Sincelejo para mi transporte en la gran ciudad haciendo uso del bono de gasolina en la estación de servicio Esso de la calle 76 con carrera 52. A lo que sí no me acostumbraba era al maltrato del castellano de forma chistosa de David Dahmen.

  • Jaimi porque no asistir a la sancocho de mondanga la sábado donde la Culeca – me preguntó y sin entenderle le respondí que no había sido invitado adonde el Culeco.

Después averigüé con Carmen Alicia y me informó que el personal del equipo de futbol de la empresa había ganado un campeonato y organizaron un sancocho de mondongo en la casa de uno de ellos.

David Dahmen para su desplazamiento, usaba una moto grande marca Mercedes Benz que por su ruido y potencia parecía una Harley. En un par de ocasiones que tenía mi campero en el taller me brindó el chance que acepté con cierto temor, pero el gringo era respetuoso de las señales de tránsito y andaba a velocidad prudente. En una ocasión entró a mi oficina recién llegado para la jornada vespertina, se sentía fatigado y sudando a chorros, su pinta de extranjero estaba descuadernada, su camisa a cuadros enchumbada, su pantalón caquis de drill armada estaba pringado de agua de charco, remangado y con un gancho especial que sujetaba la bota del pantalón, mostrando los zapatos talla 44 Timberland Coronel Tapiocca de color marrón un poco sucios, con el cierre de cordonera central casi desamarrados  pero conservando sus formas porque eran fabricados con materiales de pieles resistentes y suelas de goma. Indagué y me enteré de que el gringo de Remaches se venía de su casa en bicicleta, no sólo para ayudar a mantenerse en forma fortaleciendo sus músculos, porque era un atleta consumado, sino que, además era un medio de transporte ecológico que no generaba daños ambientales, lo cual él tanto defendía. Un tiempo después hice ciclo ruta en compañía de David Dahmen y Lucho Zapata, me había traído la bicicleta de carreras de mi hermano Ramiro quien se mudó a Costa Rica a especializarse en cirugía general. La cita era a las 5 am en el Palacio del Quique para hacer la ciclo ruta ida y vuelta a Puerto Colombia. En las lomas, el gringo podía ir jadeante pero su espíritu competitivo no le permitía regular sus fuerzas, sino que se exigía al máximo, igual acontecía con Lucho Zapata que era su fiel seguidor, que hasta llegó a vomitar después de alcanzar la cima de la loma del Quique. David Dahmen me decía que esos esfuerzos eran un buen ejercicio para el corazón y que lo tenía que hacer porque en su familia tenía parientes cercanos que sufrían y habían muerto del corazón.

Otra cosa a la cual me tuve que acostumbrar rápidamente fue al pago semanal de los viernes, dado que la mayoría de los empleados eran de la planta, la empresa habría optado por esta frecuencia de pago. Alberto Campo, el pagador de la empresa, todos los jueves en la tarde recibía una tula llena de dinero de distintas denominaciones transportada y escoltada por dos vigilantes con armas de corto y largo alcance de Brinks de Colombia, la recibía en su puesto de trabajo y luego se trasladaba a la oficina de compras con una expresión confusa que denotaba alegría por una leve sonrisa que enmascaraba su cara de puño. Era una expresión de enfado perenne común en él, así como la de todos los pagadores. Daba la impresión de ser indolente por su expresión pétrea y hablado franco. Su caminar cojeando se le notaba en ese desplazamiento a la oficina de compras, no propiamente por el peso de la tula si no por un problema en el tobillo de su pie derecho, que siempre mantenía hinchado desde cuando jugando fútbol tuvo una lesión y luego fue mal operado. Se encerraba con seguro en la oficina de compras y Maria Benavides le ayudaba a contar y meter el dinero en pequeños sobres de manila de papel grueso y resistente, con un tamaño tal que cabían perfectamente los billetes y las monedas. A esa oficina, durante el conteo, solo podía entrar Miguel Carranza, el jefe de compras. Un tiempo después me enteré de que Alberto Campo tenía un negocio aceptado por el gringo, de descontar por la derecha los intereses de su negocio particular de prestamista. Descontaba los intereses del pago semanal y metía un papel en el sobre con el valor descontado.

Después de convertido el programa de contabilidad y probado de forma exitosa, continué con la conversión del programa de control de inventarios. Aquí me tocó reunirme varias veces con el gordo Carlos Sarmiento, el almacenista, quien me explicó la operación del almacén, los artículos que manejaba, el control de entrada y consumo, y así pude recordar la teoría de inventarios estudiada en la universidad. Había unos artículos especiales que le llegaban mensualmente y que en compañía de su ayudante de bodega empacaban en grandes bolsas plásticas transparentes para entregarlos como un mercado básico mensual, que la empresa nos daba a todos los empleados. Para ese entonces ya había convenido con David Dahmen que Carmen Alicia me ayudara con el soporte del programa de contabilidad. Ella no sabía programación COBOL, pero yo acepté el reto de enseñarle. Dura tarea, pero estaba seguro de que con su dedicación, esfuerzo y perseverancia lo podía lograr. Entonces debíamos conseguir quien hiciera las labores de transcripción de datos a las tarjetas perforadas y fuera a IBM Services al proceso de la aplicación de inventarios. Se hicieron entrevistas y salió seleccionada la barranquillera Mildred Grau de Echeverry que a pesar de haber regresado de Cali separada conservaba todavía ese apellido. Por eso su código de acceso al computador le fue asignado el MGE021. Ingresó el 17 de junio de 1979. Podía ser de mi edad o más joven, tenía académicamente una preparación tecnológica en sistemas. Era de más avanzada que Carmen Alicia y pensando en el futuro inmediato de que también me ayudara en programación, decidí que junto con Carmen Alicia hicieran un curso de programación y diagramación COBOL en una escuela que quedaba cerca, en la calle 76 con carrera 49. Curso que aprobaron y sirvió posteriormente para que ellas fueran el soporte y les dieran mantenimiento a las aplicaciones. Mientras se convertía el programa de inventarios, Mildred era la responsable del proceso en IBM Services. Durante este proceso tuve muchas jornadas de trabajo en el almacén y pude conocer de cerca su funcionamiento. También pude conocer la idiosincrasia de los operarios que después de empujar la puerta metálica de la ventanilla de atención produciendo un ruido estrepitoso que muchas veces me exaltó, gritaban

  • Ey Gordo! dame un burro y un macho solo.

Después del fuerte ruido contaminante que producían con la puertecilla metálica para llamar la atención del gordo, no contento con eso, el operario introducía la cabeza por la ventanilla para cerciorarse que el gordo estaba en el almacén y le gritaban:

  • Ey Gordo! Dame uno de 2 pulgadas y media, rosca ordinaria – para mis adentro pensaba “este man es floripondio”
  • Lo quieres cabeza grande o goloso – le gritaba en respuesta el gordo – mi expectativa terminaba cuando el gordo le entregaba un tornillo y así fui aprendiendo que el goloso se iba hasta el fondo, no tenía cabeza.

También aprendí que el tornillo macho, capaz de comenzar y guiar la rosca, era más caro que el tornillo hembra, con hueco roscado en el interior. Aprendí que es más caro el que da y perfora que el que se enrosca y recibe. Como de la vida real, había tornillos macho hembra, perforaban y recibían al mismo tiempo. Había momentos en donde veía movimiento de libros empastados y el gordo me comentó que él tenía un pequeño negocio de encuadernado y empaste de libros y tenía contrato con Remaches y le empastada toda la documentación contable y de archivar.

Yo me había venido a trabajar a Remaches Industriales sin haber recibido el título de ingeniero pues estaba desarrollando mi tesis de grado. Mis dos compañeros de tesis, bogotanos y residentes en la capital tenían responsabilidades igual que yo para terminarla. Por motivos de trabajo, cuando había actualizaciones del sistema operativo del minicomputador TI-990 yo viajaba a Bogotá con el disco duro removible y realizaba el trabajo en Texins. Esto lo aprovechaba para hacer reuniones de adelanto con mis compañeros de tesis y con el director de la tesis que trabajaba en Ecopetrol. También tenía la posibilidad de adelantarla en la capital cuando iba a congresos y ferias de sistemas. Cuando tuve la tesis lista en 1980, contraté al gordo Carlos Sarmiento para que me empastara mi tesis de grado, Proyecto Intercomunicador y Transmisor de Datos (PITD), solicitándole 6 copias. A finales de ese mismo año me casé con Mabel Calderón y dentro de mi lista de invitados estaban mis asistentes en el trabajo y David Dahmen.

  • Jaimi que prefiere de regala de la matrimonia: el nevero o la aire acondicionada – yo escogí el aire acondicionado que resultó una buena máquina Móseres de pared.

En la siguiente foto aparecemos con Carmen Alicia y Constantino Sideris.

15 de noviembre 1980 en mi matrimonio

Previo al matrimonio, David Dahmen asistió a mi cumpleaños festejado en la casa mi tía Gutie, fue acompañado de Nora Luna, y su regalo fue un long play del cantante de baladas panameño Basilio.

Festejando mi cumpleaños en la casa de mi tía Gutie, calle 87 frente al parque Venezuela

Cuando se presentaban los soportes al sistema contable, había veces que tocaba prestar el servicio en sitio, oficina del contador Alberto Molino, al entrar a la oficina, después de saludar a Gloria Van Eps de Juliao, bien puesta ella, toda una dama, a su lado veía uno a su secretaria Idalis Meléndez sentada sobre sus pies descalzos cruzados debajo de sus posaderas, con movimientos medio circulares de su silla desayunando con la mano riñón, ñame y chicharrón.

  • ¿Quieres? – le decía a uno si se le quedaba mirando.

Era una mujer despachada con marcada diferencia con María Luisa Guarín, quien trabajó primero en ese cargo, y con Edita quien trabajó después de Idalis.

Cuando ya salió en productivo la aplicación de control de inventarios del almacén de suministros, comenzó un trabajo fuerte e innovador en la empresa. David Dahmen les dio rienda suelta a sus ideas para controlar su producción comenzando por el control de los pedidos de los clientes, pasando por los productos en proceso y terminando en empaques y despacho. Fueron jornadas de trabajo largas en donde el gringo se me sentó frente a mi escritorio muchas veces, sin importarle si era después de jugar futbol o si era hora de almuerzo:

  • Jaimi pienso que para comenzar hay que tener una archivo maestra de las clientes y de nuestras productos para comenzar a recibir las pedidos – me dijo en un español enredado con escasos enlaces gramaticales, mientras subía sus piernas sobre mi escritorio esta vez sin quitarse los Timberland y con la tabla de soporte de un bloc de notas de hojas blancas con rayas azules sujetado con un gancho mariposa metálico en la cabecera del bloc.
  • Quiero que la manejemos saldos de pedidas cuando no podamos entregar todos las referencias completos – continuó diciéndome mientras se miraba en el codo una herida seca causada por un raspón que se había dado jugando fútbol.

Todo lo que hablaba lo iba registrando en las hojas del bloc de notas que al final de la reunión las arrancaba y me las entregaba. También me entregaba una hoja cuando me definía un bono por logro de metas para dejar consignado el pacto y yo pudiera cobrarlo cuando se finalizara a satisfacción el objetivo. En esta etapa ya habíamos terminado el contrato con IBM Services y Mildred Grau ya había quedado de lleno en el trabajo de análisis y programación COBOL. Era más aventajada que Carmen Alicia, pero ésta se emparejaba por su perseverancia. Ambas fueron entrenadas para dar un buen servicio siempre, con el pensamiento de que el cliente siempre tiene la razón, premisa que me trajo problemas con Carmen Alicia cuando peleaba con los clientes internos y en ocasiones yo terminaba dándole la razón al cliente. Mildred y Carmen Alicia tenían cosas en común como su disciplina y organización en el trabajo y en sus vidas privadas. Pero chocaron varias veces por el temperamento de ambas, pero poco a poco aprendimos a convivir y formar un verdadero equipo de trabajo. Compartimos muchos momentos juntos dentro y fuera de la oficina que trascendió más allá de una relación laboral para llegar a la amistad. Muchas sesiones de trabajo tuvimos con Lucho Zapata e Íngrid Lindemeyer para poder hacer un buen diseño del programa de control de pedidos de clientes. Íngrid había entrado a trabajar como jefe de esa sección y le pasaron como asistente desde empaques a Fulvia Palomino y desde producción a Libia de Escobar como secretaria. Íngrid Lindemeyer, ingeniera industrial, mujer alta y blanca con descendencia alemana. Muy inteligente, cumplidora de sus planes y estricta en cumplir las normas. Vivía con sus padres y abuela materna, todos alemanes. Siempre me confundió porque ella me decía que vivía con su papa, su mama, su abuela, su tío, su tía y su prima. “Es que mi mamá es sobrina de mi papá y mi abuela es hermana de mi papá”.

El siguiente paso fue el del control de productos en proceso, la mayor inspiración de David Dahmen. Ahora las sesiones de trabajo eran con Ismael Quintero y los formatos de la planta nos los suministraba Gerardo Bustillo.

  • Hable con Yismaela para que la explicar cómo programa el producción con base a las pedidas – me dijo David Dahmen.

Definitivamente el gringo no se esforzaba en extirpar los rasgos prominentes de su acento y el maltrato al castellano. Cada día me acostumbraba más y le entendía casi a la perfección. Ya me causaba gracia y llegue a sonreírmele en su propia cara a lo que el respondía con manoteo abanicando el aire. Él sabía que yo lo respetaba mucho. Yo estaba muy contento de trabajar en Remaches Industriales porque era una escuela importante en mi vida profesional y el hecho de tener un jefe acucioso como el gringo había sido una bendición. Libia de Escobar, quien era la secretaria de Ismael para ese entonces, fue quien terminó reportando los informes de producción en el sistema, después pasó a colaborar en el equipo de control de pedidos de clientes. Edilberto Arévalo, como asistente de Ismael continuó con esta labor. Jairo Fontalvo cuando estuvo en planta se encargaba de coordinar el diligenciamiento de los formatos de producción en las distintas áreas, luego se trasladó al departamento contabilidad cuando se tituló como contador.

Cada vez más se alargaban las reuniones con David Dahmen y cuando se me presentaba antes del mediodía nos dábamos cuenta de que Miguel Carranza salía antes de las 12 y cuando nos daban la 1 de la tarde en la reunión ya Carranza estaba de regreso al trabajo. En otras ocasiones me convidaba a almorzar.

  • Jaimi vamos a almorzar y continuamos la reunión en el Heladerío Americana – siempre nos íbamos en mi campero porque en la barra de su bicicleta quedaba difícil.
  • A la orden señor Dahmen – lo recibía amablemente el mesero mientras nos acomodaba en una mesa.
  • Jaimi le recomiendo el Club sándwich el mejor del mundo – me sugirió cuando el mesero nos trajo la carta.

De tantas veces que fuimos después descubrí en el menú el Gordon Bleu holandés, era un rollo de pescado relleno de queso holandés y jamón. Se convirtió en mi plato favorito. Después de escoger el alimento procedió a quitarse los zapatos Timberland, rodó una silla, sin importar el ruido al rastrillarla, y acomodó sus dos pies encima de ella, puso la tabla con el bloc de notas encima de la mesa, se quedó con la tapa del lapicero en la boca mientras escribía y organizaba sus ideas que luego comenzaba a lanzarlas como torrencial lluvia. Yo había seguido su ejemplo y tenía mi propia tabla con bloc de notas Norma, que le había pedido al gordo Sarmiento. Llegó el almuerzo y siguió hablando sin descanso, terminamos de almorzar y aprendí a pedir tinto porque la reunión almuerzo se extendía hasta después de 3 cuando nos retiraban del restaurante por final de la jornada de almuerzo. Esa hora de 2 a 3 pm era pesada para entender todo, pero el tinto me ayudaba con el esfuerzo para poner atención y entender las ideas del gringo.

Cada vez que se cumplía una meta yo buscaba las hojas que me había dejado el gringo definiendo el bono y se las llevaba a Ninfa Luna de Barragán quien en máximo dos días me pagaba en efectivo el bono. Para culminar el ciclo del proceso de entrega de los pedidos al cliente, se desarrollaron los módulos de recepción de los productos desde la planta a la sección de calidad y empaques, inventario de productos terminados y el módulo de despacho de mercancía para cumplir con los pedidos de los clientes. Con esto, David Dahmen materializaba su inteligente idea de sistematizar su proceso productivo, mediante un sistema de información que integraba y manejaba las operaciones de producción y la distribución de los productos fabricados, planificando así sus recursos empresariales. Para la implementación de estos módulos participó nuevamente Ingrid Lindemeyer y la parte operativa me la explicaron las hermanas Fulvia y Myrian Palomino. La sección de calidad y empaques estaba integrada por mujeres. Era una sección apetecida por los operarios de la planta y en muchas fiestas fueron las invitadas de honor. Lina Cantillo, que era de ese combo de empaques, luego de capacitarse pasó a ser oficinista. En la sección de despachos reclutaron a Julio Villa porque era entrenador de fútbol. Había sido jugador activo. Para ese entonces era gordo y con entradas pronunciadas en su cabellera lisa. Tenía su capacidad para entrenar al equipo de futbol de Remaches Industriales que participaba en los campeonatos interempresariales y además organizaba un campeonato interno que se jugaba en una cancha pequeña a lado de la sección de empaques pues ya la empresa había vendido la cancha grande de futbol y habían montado allí unas tiendas de productos que en su momento se dijo eran de contrabando, era un San Andresito refinado. En ese campeonato interno de futbol yo participaba al igual que David Dahmen. Recuerdo haber jugado con Jorge Marriaga, Mario Ortiz de despachos, Orlando Insignares.

Equipo de microfútol participante del campeonato interno de Remaches y patrocinado por Sincecomp

Hice intentos de jugar en el equipo de futbol de Remaches, pero mis capacidades no fueron suficiente para jugar permanentemente.

David Dahmen acostumbraba a viajar a los Estados Unidos a visitar a su familia y de paso a comprar repuestos y actualizarse en la tecnología. De regreso siempre me traía una revista Byte que se la leía en el viaje de regreso. Descubrí que era un lector empedernido. Era muy culto. Parecía un antropólogo porque entre otros, era uno de los temas que más profundizaba. Byte era un magazine de informática estadounidense, muy influyente desde finales de los años 70 (fue fundada en 1975) debido a su cobertura editorial de amplio alcance y sobre todo por tener artículos orientados a pequeños computadores y software que incluía muchos detalles técnicos y con algo bueno más aun, con indicaciones de cómo hacerlo uno mismo. Existían otras revistas, pero muy especializadas en temas de Microsoft y de Apple. El nombre de la revista fue tomado del de la unidad de medida básica de capacidad para almacenar en memoria del computador, un byte es el equivalente a un caracter.

A las 6 de la tarde del día que llegaba, se me presentaba en mi oficina con la revista Byte y me comenzaba a hablar de temas referentes a artículos que él consideraba tenían aplicación en Remaches Industriales. Me sorprendía el tino de sus escogencias y además resaltaba sentencias y subrayaba frases que consideraba de interés. Después que prácticamente me hojeaba delante de mí las 450 páginas me decía:

  • Ahí le dejo la revisto Jaimi, para que la lea – me decía David Dahmen dejándome el magazín mensual de 450 páginas en inglés impresas en papel estucado bien delgado y con revestimiento brillante, con un contenido con bastante información técnica a pesar de que estaba llena de anuncios de compañías de hardware y software.

En 1981 después de pocos años de haberse popularizado el computador personal de mesa, el PC (Personal Computer), ya yo tenía uno instalado en mi escritorio. Era un privilegio. El sistema operativo que permitía manejar mi computador de mesa era el Disk Operating System (abreviado popularmente como DOS), un procesador 8086 de 16 bits, con una memoria principal con escasa capacidad, una memoria auxiliar en un disco duro, una unidad de floppy disk para disquetes flexibles de 5 ¼ pulgadas. Era un sistema monotarea que solo permitía ejecutar un solo trabajo a la vez. No había salido a la palestra el Windows.

David Dahmen andaba preocupado con la pérdida de producción por las repetidas paradas de las máquinas. Él no sabía si debía renovar su parque de máquinas de la sala de producción o era que sus operarios no colocaban los troqueles correctos o si la máquina paraba y no reparaban el daño oportunamente. Fueron tardecitas enteras que se la pasó en mi oficina ideando la forma que mediante un programa de computador pudiera controlar las paradas de las máquinas. Yo diseñaba soluciones que siempre se enfrentaron al inconveniente de solo poder ejecutar un programa a la vez en el sistema DOS. Se compró otro computador personal de escritorio. Después de uno de sus viajes se me presentó a mi oficina con la revista Byte:

  • Venía leyendo en el la avión el revisto y he encontrado esto, mírala! – me decía eso mientras rodaba la silla de visitante haciendo un ruido destempla diente mientras se quitaba los zapatos timberland y levantaba sus piernas, las cruzaba y los colocaba en la punta de mi escritorio moviendo el dedo gordo del pie como relajándose del estrés del día.

Recibí la revista y leí en la página señalada donde se describía un programa que podía particionar el uso de la memoria en el sistema DOS y así permitir ejecutar en cada partición un programa, lo cual permitiría tener en ejecución un programa que recibiera la señal de la parada de la máquina y en otra partición de memoria el programa que permitiera administrar la parada: reportar el motivo del daño y luego la solución mientras controlaba el tiempo de la parada de la máquina. Me reuní con Neisa Janeth Acosta, ingeniera industrial, para que participara en el proyecto y me ayudara a implementarlo. Luego definí desarrollarlo en el lenguaje BASIC que manejaba con facilidad el puerto RS-232 del computador el cual permitía comunicarlo con otro dispositivo, que para nuestro caso iba a ser un tablero por donde se recibiría la señal de la paraba o reinicio de la máquina. Decidí integrar en el programa el Btrieve que era un  manejador de base de datos transaccional muy seguro, basado en el método de acceso secuencial indexado, que permitía almacenar los datos de una manera tal que  su recuperación era rápida y compatible con el DOS. Nos reunimos con el electricista Carlos Monserrat para lanzarle la idea de comenzar con el control de paradas de las máquinas de producción de tornillos, colocándoles un sensor en el brazo de la máquina que daba el golpe para producirlos y eso mandara una señal al computador indicando que la máquina estaba operando y que había producido un tornillo. Monserrat se ideó hacer una red y llevar el alambre conductor de la señal de cada máquina a un tablero que instaló en el almacén al lado de la ventanilla de atención del gordo Sarmiento en donde se instaló en una mesa alta el computador personal conectado al tablero hechizo del calificado electricista Monserrat. Con esto, David Dahmen podía tener un estimado de la producción de tornillos y además controlar los tiempos muertos por las paradas de las máquinas. Un programa de computador leía del tablero las señales y grababa en archivos el conteo de la producción y las paradas; y otro programa corriendo al tiempo, permitía que Neisa Janeth, quien administraba el programa, registrara el operario de la máquina y la causa de la parada, cuando la maquina reiniciaba la producción, registraba la duración de la parada. Emulando lo que posteriormente fue solucionado con el Windows hicimos un proyecto exitoso.

En la medida que iba pasando mi tiempo trabajado en Remaches Industriales notaba que otras empresas necesitaban asesoría y desarrollo de programas, por esa razón me contactaron de Líneas Aéreas del Caribe (LAC), que tenían un minicomputador Texas Instruments también. Me llamaron para revisar y terminar una aplicación que se las estaba desarrollando Victor Hugo Rojas, el cachaco que trabajó conmigo en Bogotá en Texins de Colombia. Victor Hugo se había desaparecido y la aplicación estaba “boquita al hoyo, muerto el tiro”. Eso fue para septiembre de 1980, me tocaba trabajarle en las noches y más bien los sábados y domingos. Pude entregar el trabajo en octubre y con el pago completé para la luna de miel de mi matrimonio. Las oportunidades fueron creciendo y cuando los sistemas estaban estables en Remaches Industriales, decidí crear una empresa, hablé con David Dahmen de mi proyecto el cual aprobó y convinimos que le prestara el servicio con la nueva empresa equivalente a un medio tiempo. La empresa fue creada el 27 de febrero 1984. Trabajé 5 años y dos meses como empleado en Remaches. El 1 marzo 1984 comenzó a funcionar la empresa Sincecomp Limitada con su primer cliente, Remaches Industriales S.A. La relación con David Dahmen siguió siendo la misma y la intensidad del trabajo igual pero ya yo me apoyaba cada vez más en Carmen Alicia y Mildred.

Ese pago semanal hacía que los empleados tuviéramos plata todos los viernes lo cual era un motivo de hacer planes de ir a tomar cervezas en una tienda en la calle 77 con carrera 74 diagonal a la clínica del Seguro Social. Sentados en unas cajas de cervezas no se sentía incomodidad en medio de la algarabía y los cuentos de la empresa. Antes de irnos, el cachaco de la tienda nos preparaba una suculenta picada de salchichón cervecero, cebolla y limón. Todo era muy económico, lo malo era que los perniciosos se iban para la calle Murillo a rematar y llegaban el lunes sin plata, ni para el bus. Allí entraban a funcionar los prestamistas que estaban ubicados como caimán en boca de ciénaga a la salida de la empresa, para cobrar la cuota los viernes o para prestar los lunes. Allí en la puerta de entrada y salida los viernes había una romería de gente: los prestamistas, el bolitero (venta de bolita, lotería callejera), el vendedor de boli, el vendedor de panes, hasta el long play del Patacón Pisao de Juan Carlos Coronel un día vi que se lo vendieron a Jesús Barraza. Yo terminé apostando en la bolita, todos los viernes, el número de la placa de mi carro porque el bolitero me convenció de que era un número bueno. Nunca gané nada. En la salida en horas de la tarde siempre me quedaba un rato hablando con el vigilante Blanquicet, conversaba conmigo mientras exprimía limones hasta llenar una jarra, jugo de limón que tomaba a diario y lo recomendaba para tener buena salud y alejar las enfermedades. Me decía que eso le permitía andar por todas partes en su bicicleta clásica.

Para variar, había viernes que se puso de moda otra tienda a la entrada del barrio La Concepción. Ya esta era una tienda con más comodidades, mesas y sillas y el cachaco fiaba y apuntaba en un cartón de Marlboro la cuenta. Pero las fiestas de los viernes no solamente eran en la tienda, si no en otros sitios como restaurantes y salones de baile. Festejábamos casi todo: fiesta de fin de año, amor y amistad, cumpleaños, el cumpleaños número 50 de David Dahmen en 1986. El señor Luis Fuentes asistía a estos encuentros, pero primero cumplía con un ritual los viernes de ir con Miguel Carranza y Sebastián Pérez a tomar cervezas en la tienda esquinera de la calle 72 con carrera 62, de 6 a 8 de la noche. Gloria Van Eps puso de moda los piqueteaderos, La Casa de Gloria sobre todo, en donde departíamos disponiendo de mesas para consumir deliciosos alimentos típicos santandereanos (fritanga de chorizos de cerdo, rellenas, carne asada, papa criolla, yuca) todo debajo de un kiosco campestre de palma amarga y con pista de baile y música de actualidad.

  • La pasito tun tun por favor – se acercó David Dahmen al disc jockey pidiendo el disco de moda, quien como experto musical entendió que era El Pasito Tun Tun que interpretaba magistralmente el Dúo Los Ahijados a la cabeza de Cuco Valoy.

Eran los tiempos en que estaba de moda la Orquesta La Solución con el disco La Rueda cantando Frankie Ruiz. Cuando David Dahmen llegaba a las reuniones bailables, todas las mujeres cuchicheaban porque acostumbraba a bailar con cada una de ellas y pasaban trabajo porque su estilo de baile era monocorde independiente del ritmo de la música. Era un baile con movimientos irregulares obtusos, con bamboleo de cadera, tratando de coger el ritmo con desplazamientos pendulares del brazo izquierdo y a veces danzando zampao y a medio lado. Se le veía trabajoso tratando de coger el paso, por eso hacía piruetas y morisquetas que ponía en aprietos a la pareja. En la mitad de la pieza musical su cara lucía colorada y sudorosa y en el menor descuido de la pareja, se le soltaba y su cuerpo era poseído por un espíritu maligno que hacía que el disparate fuera mayúsculo pues sus movimientos tenían apariencia de mapalé. Era incansable, soltaba una pareja y tomaba otra y continuaba haciendo sus cabriolas. En los ratos de descanso del baile, el gringo de Remaches entraba en conversaciones de trabajo con el vecino.

Iba pasando el tiempo y los requerimientos de sistemas aumentaban exigiendo mejorar la tecnología para satisfacer las necesidades de las empresas del gringo. Se hicieron muchas cotizaciones de equipos de cómputos para manejar bases de datos y hasta capacitaciones en la herramienta Informix que era el manejador de bases de datos optado por los equipos Texas Instruments. Llegó un momento en que las cosas no se daban y sentía que no podía cumplir satisfactoriamente con el servicio que hablé con David Dahmen y lo puse contra las cuerdas diciéndole “que si no se daba la actualización tecnológica era mejor que me fuera y no seguir prestando el servicio”

  • Bueno Jaimi está bien, acepto su renuncia – para mi sorpresa me respondió el gringo.

Trabajé hasta el 28 febrero de 1989. El viernes 3 de marzo me organizaron una despedida los compañeros de trabajo. Ese día Ingrid Lindemeyer no asistió a mi despedida porque festejaba en su casa su cumpleaños del día anterior. Allí llegué en compañía de mi excompañero Jaime Ferreira a terminar mi festejo de despedida. La verdad que yo estaba dolido por la indiferente salida mía de Remaches Industriales y ese día terminé tomando mucho licor hasta terminar en llanto. Al final, Jaime Ferreira terminó llevándome a mi casa porque yo no fui capaz de conducir. Después me enteré de que Jaime Ferreira no sabía manejar. Dios nos amparó.

El 31 de octubre de 1992 muere Carmen Alicia Martinez en la Clínica Bautista a causa de una sobredosis de anestesia para una operación sencilla de quistes en el ovario. Me contaron que como un presagio se había preparado para la pequeña intervención quirúrgica como si presintiera el peor desenlace: todas sus cosas personales las dejó en orden, en la oficina limpió su escritorio y botó a la basura lo que tenía que botar, le dijo a Humbertico Arellana “si me llego a morir te dejo la grabadora”, aparato que mantenía en su escritorio para escuchar música selecta durante la jornada de trabajo. El 2 de noviembre siguiente fui al cementerio y visité su tumba y luego escribí lo siguiente:

UN DIA DESPUES

Cuando se habló de responsabilidad, allí estabas tú…

Cuando se habló de lealtad, allí estabas tú…

Cuando se habló de ayudar sin ser solicitado, allí estabas tú…

Cuando se habló de dedicación, allí estabas tú…

Cuando se habló de alegría, allí estabas tú…

Cuando se habló de superación, allí estabas tú…

Superación…

Fuiste una abanderada de la superación personal en la medida de tus capacidades. Derrotaste al final tu mayor defecto de dejarte vencer por la ira, pero creo que siempre fuiste justa, aunque partiste debiéndome una explicación prometida.

Pensaste que cambiando tú, mejorarías las relaciones interpersonales y al final, como si hubieras modificado las leyes de la naturaleza, ya no eras la misma y parecía que la indiferencia se apoderara de ti que hasta permitió que te fueras al otro mundo sin reclamar. En otro momento te hubieras resistido a todo y con tu vehemencia característica hubieras conseguido una respuesta coherente del motivo de tu repentina partida.

El día de los que están en el cielo fui a visitar tu tumba. Todavía la tierra se resistía a tenerte bajo ella. Pensé por un momento que ya no podías defenderme. Pero te pedí que me guiaras en la dieta que tu perseveraste para mí. En fin, pensé en todos aquellos detalles que hasta despertaron celos inocuos en Sideris.

CARMEN ALICIA: cuando se habló de fidelidad, allí estabas tú…

El gringo David Dahmen nació en el año 1936 en los Estados Unidos y muere en Barranquilla (Colombia) el jueves 17 de octubre 2019. Muchas gracias, David.

Original: jueves, 24 de octubre de 2019

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