EL REGRESO QUE CASI NO TERMINA

Corría 1995. Todo parecía un viaje más

Cumpliendo con el contrato de actualización y soporte de los sistemas de información de Gases de La Guajira, surgió la necesidad de hacer un ajuste en el proceso de facturación del SGN (Sistema de Gas Natural) y, por primera vez, me tocaba viajar solo a Riohacha. No había ningún ingeniero disponible para acompañarme.

—No debes viajar solo —me dijo Mabel Calderón— Eso por allá es peligroso y te pueden atacar los indios – advertencia de mi esposa que apoyó mi madre Hilda Rosa.

—Esos ataques son en la vía hacia Maicao — le respondí, tratando de sonar más tranquilo de lo que realmente estaba.

Mabel no quedó convencida.

—Voy a hablar con el señor Navarro. Tiene un viaje para esos lados y se va contigo.

Mabel tenía la fábrica de vestidos de mujer, Confecciones Gloria C. Su vendedor estrella era el señor Navarro y como tenía clientes en Riohacha, le armó la correría de ventas y terminé encontrando compañero de viaje casi por decreto.

Yo estaba estrenando un automóvil sedán Daewoo Racer automático. Salimos un lunes de madrugada con el plan de regresar el viernes en la mañana. Fue un viaje agradable. La conversación hizo más cortos los kilómetros.

Pero, como tantas veces ocurrió durante aquellos años, el trabajo decidió quedarse unos días más.

Llegó el viernes y yo seguía sin terminar.

El señor Navarro regresó solo a Barranquilla.

Carlos Mazeneth consiguió entonces que un amigo suyo me llevara custodiado en una pequeña caravana el sábado.

Tampoco alcancé.

El sábado volvió a ganarme el trabajo.

El regreso quedó aplazado para el domingo, a las seis de la mañana, justo en un fin de semana de puente.

(Fotografía del archivo personal: Carlos Mazeneth)

Antes de salir, Carlos fue hasta el hotel. Me acompañó hasta las afueras de Riohacha y, cuando nos despedimos, me dejó una frase que todavía recuerdo.

—Viaja tranquilo. Suave. Esa carretera no es peligrosa. Yo hasta viajo de noche.

Curiosamente, apenas dejé atrás la ciudad, recordé fue la advertencia de Mabel.

Cerré bien el carro.

Subí el volumen de la música.

Acomodé los espejos retrovisores como si fueran un radar contra posibles ataques indígenas.

Y emprendí la marcha convencido de que iba manejando más rápido que el miedo.

El hueco que nunca existió

A la altura de Mingueo, unos 72 kilómetros después de salir de Riohacha, ocurrió lo inexplicable.

Vi un hueco.

Un giro brusco bastó para que la sensible dirección hidráulica lo esquivara.

Después comprendí que el hueco nunca había existido.

El volante dejó de obedecerme.

El Daewoo comenzó a cruzar de un lado al otro de la carretera.

Entonces vi venir un bus.

Tomé la única decisión que alcancé a pensar: inmovilicé el timón y frené con toda la fuerza que pude para domar los 75 caballos de fuerza del Daewoo.

Lo siguiente fue silencio.

El carro quedó patas arriba dentro de una cuneta del lado izquierdo.

Jesucristo apareció en la carretera

El bus se detuvo.

Bajaron curiosos.

También paró un carro hechizo de cuatro puestos con dos parejas.

Y fue entonces cuando apareció el personaje que todavía hoy recuerdo como si hubiera salido de una película.

Golpeó el vidrio del conductor.

—¡Ey! ¿Estás bien?

—Sí.

—Entonces, ¿qué haces ahí? ¡Salte! Ese carro puede prenderse.

Tenía razón.

Mi cabeza estaba pegada al techo.

O, mejor dicho, era el techo el que estaba enterrado en el zanjón.

Me desabroché el cinturón como pude y salí por la puerta del conductor.

—¡Vengan! Hay que poner este carro derecho – dijo el voluntario líder.

En cuestión de segundos aparecieron manos por todas partes.

A la cuenta de uno, dos y tres, el Daewoo volvió a quedar sobre sus cuatro ruedas.

La cabuya providencial

Entre los curiosos había un campesino con una gruesa cabuya enrollada sobre el hombro.

Mi salvador no dudó.

—Cómprale esa cabuya.

La negocié.

Y la cabuya terminó convirtiéndose en el héroe silencioso del rescate.

Un campero aceptó remolcar el Daewoo.

Los voluntarios ayudaron a sacarlo hasta la carretera.

Cuando todo parecía resuelto, uno de ellos me dio un consejo.

—En esa curva hay una finca. Déjalo ahí.

Mi salvador casi me habló al oído.

—Ni se te ocurra. Te lo desvalijan.

Entonces tomó otra decisión.

—Yo te llevo hasta Riohacha.

Recreación basada en un recuerdo: El carro hechizo de cuatro puestos, la cabuya comprada al campesino y yo al comienzo y luego un desconocido al volante de mi Daewoo hicieron posible volver a Riohacha. A veces la solidaridad también tiene cuatro ruedas.

A los pocos metros volvió a detenerse.

Se dio cuenta de que yo ya no estaba en condiciones de conducir ni siquiera un carro remolcado.

Su compañero tomó el volante del Daewoo.

Yo me pasé como copiloto al vehículo de chasis abierto.

Y así regresamos a Riohacha.

El regreso

El Daewoo terminó guardado en el garaje de la casona donde funciona Gases de La Guajira.

Carlos ya había viajado a Villanueva.

Quienes aparecieron fueron Juan Barros y Rolland Pinedo.

Movieron cielo y tierra buscando un taller que pudiera dejar el carro listo para regresar a Barranquilla.

No hubo manera.

Aquella noche me hospedaron nuevamente en el Hotel Arimaca.

Como si la ciudad quisiera borrar el susto, Yolanda Mendoza y unas amigas me llevaron a una discoteca para despejarme.

Al día siguiente apareció otra muestra de solidaridad.

Rolland consiguió embarcar el Daewoo en un camión utilizando la plataforma de una estación de servicio.

Mientras veía alejarse el carro sobre la plancha del camión, entendí algo que nunca había pensado durante aquellos años de carretera.

El mayor peligro de ese viaje no había sido el ataque de los indios que tanto temía Mabel.

Había sido un hueco imaginario.

Y la mayor tranquilidad tampoco la encontré en que no le pasó casi nada a mi integridad física, sino en la generosidad de personas de Gases de La Guajira y las que, sin conocerme, decidieron detenerse para ayudarme a volver.

(Fotografía del archivo personal: Juan Barros y Rolland Pinedo)

Juan Barros y Rolland Pinedo aparecieron cuando el accidente parecía haber dejado el viaje sin salida. Uno se empeñó en conseguir cómo reparar el Daewoo; el otro terminó encontrando la manera de embarcarlo de regreso a Barranquilla. Aquella solidaridad fue tan importante como la cabuya comprada al campesino.

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