Cuando llegó al vecindario, el barrio conservaba montes de rastrojos, arroyos invernales y pajonales. En las tardes se escuchaban las algarabías de las guacharacas, y todavía se podía cazar conejos.
Recuerdo su arribo: ojos espantados, corazón abierto y alma de abrazos. Desde el primer día, vino a unirse a la barriada, a organizar verbenas y hacerse sentir con las muchachas. Lideró a adolescentes desorientados que daban pininos en el amor, ayudándolos con su prestidigitación galante, a vencer timideces y promover encuentros.
No era el mejor jugador de fútbol, ni el más diestro robador de mangos, ni el danzante más estrafalario, pero sí el organizador de novenas, de los grupos de esquinas calientes y de paseos campestres. Unió a tímidos con locuaces, a flojos con inquietos, a soñadores con pesimistas. Y, más de una vez, ayudó a alguien a encontrar el valor para declararse a su amada.
Con el tiempo, las corrientes de la vida nos dispersaron. Pero él volvió a unirnos. Con espíritu quijotesco, escribió un libro de anécdotas y, revivimos el pasado sintiéndonos nuevamente enlazados.

Luego, poco a poco comenzó a esfumarse.
- Por los nietos, el páncreas y avatares ideológicos — dijo cuando le pedimos que regresara al cumbión.
Ese es Jaime Rafael. Volvió para revivir el pasado, gozar los instantes, mamarle gallo a la vida. Con su humor volteriano, su galantería innata, sus sueños y desánimos, regresó para hacer lo que mejor sabía: unificar caracteres.
Esta nota “necrológica”, fue escrita hace más de 6 años (2019).
