Los Salgado Gutiérrez vivíamos en la calle Chacurí de Sincelejo en una casa esquinera de techo de palma amarga. Era una casa alquilada que estaba ubicada en la esquina de una cuchilla en sentido hacia el centro del municipio. Hoy en día le cambiaron el techo y luce así:

En el año 1962 nos mudamos a una casa en el barrio La Ford en la dirección Calle 16ª No 19ª34. Mi padre Olegario Enrique, en medio de su nobleza era muy organizado y se anticipaba a todo hasta a su muerte, y con la visión de mi mamá Hilda Rosa había empezado un año antes a construir nuestra nueva casa en el barrio que había tomado su nombre de un gran taller de mecánica automotriz que habían construido en las cercanías y que lucía el logo tipo de la fábrica de carros marca Ford, entonces las gentes para hacer referencia a ese sitio decían, “por allá por la Ford”, hasta que se generalizó bautizar al barrio con ese nombre.

El nuevo barrio incluía un parque infantil, pero alrededor quedaron urbanizaciones humildes que ya existían como la Urbanización Castro, la Calle La Lucha, Petaca y hasta El Bolsillo que cuando tuvo construcciones nuevas perdió su silencio y soledad apaciguadora para contagiarse del tropel del nuevo barrio, extrañando sus moradores la brisa que pasaba corriendo y el sol que caminaba despacio por ese callejón angosto y sin salida. Recién mudados, mi madre quedó en embarazo. Era su cuarto hijo después de muchos años de haber nacido mi hermana menor María Cecilia. Su embarazo estuvo lleno de antojos entre esos el dulce de menta y la guayaba. Tuvo su desequilibrio hormonal que le aumentó la progesterona ocasionándole un reflujo gastroesofágico que le produjo una escupidera por el exceso de saliva que producía. Fueron 9 largos meses de complacencia e ilusiones, sin conocer para ese entonces el sexo a ciencia cierta sino tan solo aproximaciones por la prueba del hilo y la aguja, que si la barriga era puntiaguda y otras creencias más. El niño se atravesó al momento de nacer y en ese parto asistido, el médico utilizó la herramienta especial llamada fórceps para ayudar a mover al bebé y lo terminó maltratando que nació muerto. Tragedia y dolor. El duelo recibió un consuelo porque a los pocos meses nació Gina Lucía Bacci, hija de tía Gutie, hermana de mi mamá. A los 6 meses Gina Lucía Bacci estaba pasando su primera temporada en Sincelejo, convirtiéndose en nuestra hermana menor. La hermandad de Hilda Rosa y Gutie secundada por la empatía del doctor Rafael Bacci y Olegario Enrique hizo que, al nacer los otros hijos de Rafael y Gutie, Giovanni, Norella y Danilo, mi mamá se apropiara de ellos y fueron a pasar muchas vacaciones a Sincelejo. Bajo la tutela de su tía Hilda Rosa, la llamaban cariñosamente Mamina, y la alcahuetería de Olegario Enrique ellos se divertían sobre todo Giovanni y Danilo. Como los llevaba a todos lados conocieron a un primo de Olegario Enrique, el Chichí García, quien era dueño de la Mecha #2, estación de gasolina en donde mi papá reabastecía de combustible su campero Land Rover. Este nombre les causó mucha gracia como para contárselo a mi tía Gutie cuando, desde Barranquilla los llamaba de larga distancia vía Telecom al teléfono fijo convencional análogo gris con su disco de marcar, identificado con el número 20032 y en medio de la conversación le contaban:
“Mami si supieras que mi tío Ole tiene un primo que se llama Chichí, así como si uno hiciera chichí”.
Danilo Bacci a unos escasos 6 años era echador de cuentos, desde entonces despuntaba la huesería que conserva hasta el día de hoy. Muchos eran cuentos gutierreros por lo largo, inventados y sin fin. Una noche calurosa y sin luz en el barrio La Ford, estábamos sentados en la puerta de la casa cogiendo fresco y Danilo Bacci tan flaco que se le veía el costillar pues solo vestía de calzoncillos, nos entretenía con una tanda de cuentos con ingenio perspicaz, pero con una ingenuidad que cuando llegó al fastidio se le dijo que ya estaba bueno por lo que él suplicó:
“Déjenme echar el último cuento, bien chiquitico, tan chiquito como mis calzoncillos rojos”
